sábado, 13 de septiembre de 2014
La Anticlase de octubre
La Anticlase
Algunas ideas sobre la crónica periodística
Seminario/taller de Daniel Riera
Octubre y noviembre de 2014
Librería Galerna - San Telmo
Informes e inscripción: danielcriera@gmail.com
lunes, 19 de mayo de 2014
Otra nueva entrada para decir lo mismo con un flyer distinto
La Anticlase
Algunas ideas sobre la crónica periodística
Seminario/taller de Daniel Riera
Junio y julio de 2014
Librería Galerna- San Telmo
Perú 1064
Informes e inscripción: danielcriera@gmail.com
domingo, 11 de mayo de 2014
La Anticlase 2014 en Buenos Aires
La Anticlase. Algunas ideas sobre la crónica periodística
Seminario/taller de Daniel Riera
Junio y julio de 2014
Librería Galerna Perú 1064
Informes e inscripción: danielcriera@gmail.com
lunes, 24 de marzo de 2014
martes, 10 de diciembre de 2013
Historia de Effy: la construcción de un cuerpo físico y social
Cuando a Elizabeth Chorubczyk le
dijeron que ella nunca iba a ser mujer por no menstruar, respondió de la mejor manera que sabe
hacerlo: con una performance. “Nunca serás mujer” se llamó y constó de trece “menstruaciones”
que tuvieron lugar durante su cursada en IUNA entre marzo de 2010 y abril de 2011. El
Instituto Nacional del Arte (IUNA) y el Instituto Nacional contra
discriminación, xenofobia y racismo (INADI) auspiciaron esta acción que hoy se
puede ver en el blog de Elizabeth (http://www.effymia.com/).
Para hacerlas, un enfermero le extrajo un litro y medio de sangre que fue
dividido y resignificado en esas trece “menstruaciones”. Dejarla caer por su
órgano más fértil, su cabeza, hasta una toallita, usarla para cubrir los datos
que no la representaban en su DNI, y finalmente volverla tinta para en el
espejo donde se refleja escribir SIEMPRE SOY MUJER; estos fueron algunos de los
usos para esa sangre que se volvió manifiesto. Hoy Elizabeth Chorubczyk, o Effy
como ella se presenta, se recupera de la operación por la cual pasó de tener
pene a tener vagina. Según la ley de identidad de género, la operación la tendría
que haber cubierto su Obra Social, Grupo Osde (Organización de Servicios Directos
Empresarios). No lo hizo.
La Cirugía de Reasignación
Genital es un procedimiento reconstructivo en el que se utiliza el aparato
reproductor masculino (se usan el pene y escroto, se extraen los testículos)
para que mantenga una funcionalidad y estética de vagina. No es una operación
para tener ovarios o útero: de hecho, genera infertilidad. La cirugía crea
cavidad vaginal, clítoris, labios y orificio. Para el clítoris se usa parte del
glande, respetando los nervios ahí concentrados para evitar la pérdida de
sensibilidad.
–¿No te daba miedo perder la sensibilidad?
–En mi experiencia personal se
intensificaron los placeres, pero también es algo psicológico. Yo no usaba mi pene,
de esta forma accedí a conectarme con el placer en mi historia personal.
Effy cuenta que la operación fue
muy importante porque al extraer los testículos su cuerpo ya no genera
testosterona. “No quería vivir medicada tomando inhibidores”, explica. Evitar
esta hormona no sólo afecta en lo físico (vello, contextura, etc.) sino también
en estados anímicos y psicológicos, “en tu forma de expresarte, no en tu
cantidad de llanto o enojo, pero sí en la manera como sentís, como descargás,
como te conectás con la sexualidad”. Su cuerpo hace rato no la generaba porque antes
de la cirugía tomaba inhibidores, pero las pastillas y los inhibidores tienen
un costo físico y uno económico. La ley de identidad de género que, se supone,
garantiza estos tratamientos a todas las personas Trans, no siempre se cumple.
Hay burocracias y no hay respuestas (a veces del Estado, a veces de las
privadas).
Estamos en el comedor de su casa,
en el barrio de Villa Crespo. Hace poco Effy y su hermana se mudaron solas.
Como en toda relación de hermanas, tuvieron sus diferencias. Como en la primera
fiesta donde Elizabeth decidió ir vestida como Elizabeth. Hubo un tiempo de no
hablarse. Hubo una muestra de los trabajos de Effy donde ella asistió a ver lo
que su hermana compartía. Hoy la casa es de ellas. Hay pizarras y carteles donde
reparten actividades y gastos. Hay una casa que comparten ellas, las hermanas
Chorubczyk. Hay familia.
El psiquiatra, sexólogo y urólogo
Adrián Helien “atajó” a una Effy que llegó llorando al Hospital Durand. Le
explicó que antes de derivarla al endocrinólogo iban a tener que tener charlas,
ver su historia personal y familiar, evaluar si tenía la red de contención
necesaria para seguir los pasos y definir qué pasos seguirían. Eso fue en
octubre de 2009, y recién la derivó en abril del 2010.
–Para mí estuvo buenísimo porque
me desaceleró, sino yo ya me estaba operando la cara. Llegué con un gran nivel
de angustia.
En ese momento, para operarse Elizabeth tenía
que iniciarle juicio al Estado. La ley recién se sancionó en 2012. El acelere
podía llevarla a cualquier lado. El proceso hormonal era reversible; la cirugía,
no.
–¿No tenías miedo de arrepentirte?
–No. Cometer errores es una forma
de aprender, y no hay peor error que no cometer nada. Es un riesgo que asumí
desde un lugar muuuy hablado y trabajado con una contención familiar, de
amigos, de pareja. Pienso en el colectivo LGBT y es visible la persona que
cuenta con padres y la que no en la adolescencia, la que cuenta con los hijos o
no cuando tiene 60 años. No es lo mismo cuando te está rechazando tu familia.
Yo tuve la suerte de tener una red para llegar a este momento de esta manera: si
no, iba a poner en riesgo mi salud mental.
“Salud” es una palabra que sonará
varias veces en la charla. Mientras la tarde se va yendo tras los edificios de
Villa Crespo, otra de las palabras que suenan mucho es “familia”. Al momento de
hablar de admiración, Effy me nombra a su mamá y su hermana. Todo lo que me
cuente de aguante, del estar en el pre y post-operatorio, de las charlas y la
contención, de los procesos, todo eso lo puedo entender por lo que viví en una
presentación de Effy antes de operarse. Ella nos reunió a todos sus amigos para
contarnos lo que se venía, nos pidió que le dejemos una carta para que pueda leer
en el post-operatorio (después me contará que pidió menos anestesia para ver
algunas durante la intervención) y durante esa juntada su mamá se me acercó y
me dijo: “Gracias por acompañarla siempre”. Conocí a Elizabeth en 2011 durante
un debate que en Casa Brandon sobre la ley de identidad de género. Redes
sociales y algunos cafés de por medio fuimos conociéndonos más, hasta que Effy
se hermanó conmigo. El 1ero de diciembre de ese mismo año, me dedicó una de sus
performances, me leyó un texto, se cortó los brazos y abrazó mi torso desnudo
cubriéndome con su sangre. Por eso, cuando la mamá me quiso agradecer, yo le
agradecí a ella por su hija. Mi amiga.
Además de lo fisiológico, la
operación de Effy tenía que ver con una comodidad y movilidad de su propio
cuerpo. Una seguridad para sí misma.
–Aceptaba el hecho del pene como
algo femenino, de hecho no tengo problemas si una persona tiene pene y se
define mujer, se define travesti, podría interactuar tranquilamente y no
dejaría para mí de ser mujer, travesti o la identidad que asuma. Sí me pasaba
que tenía una incomodidad con mi genitalidad, no tenía ganas que nadie la
tocara, que nadie la viera. Por ejemplo, en el jean antes con el pene se
formaba un bulto y yo me compraba remeras muy largas para tapar, no tenía ganas
de que se notara. Ahora que me pongo remeras cortas y el jean todavía tiene la
forma del bulto (porque quedó, son mis jeans viejos) camino por la calle y no me siento desnuda. Si alguien piensa que
tengo un bulto... era una operación para mí, no para los demás.
Esto que comparte lo advierto en
su look de ahora: jean y una remerita corta, con el pelo largo que le juega por
abajo de los hombros con algunas mechas rubias que anticipan el verano, poco
maquillaje y nada de joyas, su lunar en la cara, el mentón lejos del esternón,
la cara en alto, la sonrisa fuerte. En la charla se nos fue toda la tarde,
siempre pasa cuando nos juntamos. Estamos
en el comedor y veo un adorno, es una sirena con alas. Effy siempre gustó de
jugar, ser una sirena en sus performances. La sirena no tiene pene ni vagina.
Effy es real.
Cuando la mirada que construye, nos destruye.
Elizabeth, Effy, va a ser una
excelente anfitriona, me va a servir té con galletitas, se va a sentar de mil
maneras, ninguna como lo debería hacer una “mujer”, ninguna como lo debería
hacer un “hombre”, todas como ella quiera. ¿Por qué las comillas? Ella se va a
encargar de marcármelas cada vez que se hable de palabras o conceptos que
puedan ser traídos por la inercia e imposición cultural, las va a dibujar en el
aire, las va a marcar con los ojos revoleándose, me lo va a hacer notar. No hay
sutilezas innecesarias, todo está claro.
Actualmente no tiene empleo
fijo, pero siempre está ocupada. Arma cursos, talleres y siempre la invitan a
dar charlas para hablar de arte, performance y claro, para problematizar
temáticas LGBT. Una vez dio una charla para
futuros fonoaudiólogos en Facultad de Medicina (UBA). Antes que ella habló un
especialista que orientaba a chicas Trans para afinar la voz, explicarles qué
palabras decir y cuáles no, y hasta contó, jocoso la anécdota de que uno de los
guardias del hospital había quedado deslumbrado con una chica trans hasta que
la escuchó hablar y se asustó. Por suerte para la platea –la que esté dispuesta
a abrir la mente– después habló ella. Los instó a que acompañen a las chicas a
encontrar una voz que las haga hablar cómodas en público, una voz que si están
siendo abusadas o agredidas pueda expandirse y denunciar. Una voz propia, no
una impuesta socialmente. Y todo esto Effy lo cuenta con su voz, una que no es
ni femenina, ni masculina, ni trans, ni colectiva, sino propia.
Desde que nos conocimos tenemos
rituales. Ella siempre es mi entrevistada favorita. Con esa excusa nos juntamos
a tomar café en Starbucks, y ahora en su casa. Nos acompañamos cuando cada uno
hace perfos: en centros culturales, en la calle, en marchas y hasta a veces,
nos juntamos por las ganas de solo juntarnos. Todas estas perfos, sus opiniones
y todo lo que ella puede ofrecer, se puede encontrar en su muro de Facebook:
Effy Beth.
Mientras caminaba con ella por las
calles de Buenos Aires, unas cuantas veces observé cómo la miraban. Pienso en
lo que pasa cuando camino con amigas o con amigos, cuando camino con chicas
llamativas o pibes particulares, trato de pensar si hay diferencias, si cuando
me visto raro me miran así, si cuando soy yo me miran así. Pregunto. Responde.
Effy define esas miradas que recibe en la calle como “deshumanizantes”. Deja de
ser un individuo de derecho para volverse una “minitah”, una cosa, algo a lo
que se le puede decir algo, que se lo puede tocar, algo que se puede burlar,
gritar, ignorar, maltratar. Siente que esto pasa “porque renuncié al privilegio
con el que nací, ser un varón hecho y derecho”. Sabe que en la calle no le
gritan nada a los homosexuales, que el asunto no tiene que ver con quién te
acostás. Le gritan a los afeminados. “Tiene que ver con qué parecés, qué rasgos
tomás”. Pero estos maltratos y abusos diarios son tantos que a veces se
terminan naturalizando. Effy les hace frente desde su lugar, no siendo una
“princesa”, sin modular ni agudizar su voz para así poder denunciar, avasallar
a la persona que la está agrediendo. Y lo mismo sucede con su cuerpo: a Effy no
le preocupa si alguien lo decodifica como ‘masculino’ . “Me importa tres
carajos. Si tengo que estar con las piernas separadas y la espalda más amplia
no voy a dejar de hacerlo por lo que vayan a pensar de mí”. Ella se planta.
Ahora la estoy mirando yo, y mi
mirada se vuelve pregunta
–¿Por qué no te hiciste los pechos? –me escucho, y prefiero
repreguntar:
–¿Por qué deberías hacerte los pechos?
–Conozco muchas mujeres que se
hicieron las tetas y perdieron sensibilidad. Cuando me empecé a hormonizar, la
sensibilidad en los pechos es lo que más desarrollé y al estar de alguna
manera, “disconexa” con mi genitalidad, era mi punto de placer, obviamente que
nunca lo voy a poner en riesgo.
En la charla con Effy muchos
conceptos van a ser interpelados y problematizados. “Lo ‘masculino’ y lo ‘femenino’ son construcciones culturales”,
plantea. Llegar a este pensamiento
también fue todo un recorrido. Al principio sufría mucho porque sentía que
debía operarse la cara, estaba invadida por esa impresión de una quijada muy
grande, y demás imposiciones. “Tuve que hacer un trabajo muy fuerte de
aceptación”. Romper la binorma (el conjunto de normas impuestas a lo “femenino”
y lo “masculino”) también la llevó a entender que la sociedad siempre va a
imponer algo y uno tiene que negociar con eso. Jamás se sintió encerrada en
ningún cuerpo distinto al suyo:
–Yo estoy en mi cuerpo y este es
mi cuerpo; y así como que entendí que este es mi cuerpo, entendí que lo tengo
que querer, respetar y que no lo iba a hacer un daño en pos de una negociación
trucha con terroristas de Cosmopolitan que me digan que haga tal cosa sino no
te van a coger ni te van a dar afecto.
La construcción del nombre propio
Al exponerse tanto puede pasar
que le lleguen comentarios cargados de mierda disfrazada de pregunta, como por
ejemplo: “Yo no entiendo a las travestis: si no son ni hombres ni mujeres, ¿por
qué eligen un nombre femenino? ¿por qué eligen todo lo femenino?”. Pero a esta
judía, atea, bisexual, lesbiana, mujer, trans, artista y demás no la engañan
las falsas modestias, ella sostiene que a veces, preguntas como esas de “¿por qué?”
tienen más que ver con un “No me interesa la respuesta que me des, yo solamente
quiero demostrarte que estás equivocada”.
El nombre Effy la acompañó en su
transición, ya que al principio usarlo no denotaba un “femenino” o “masculino”.
Pero después hubo que explicar que venía del nombre Elizabeth, de un personaje
de una serie que a ella le gustaba. Es que ¿cómo iba a transgredir si ni
siquiera podía comunicar lo básico? Por esto no suelta la palabra “mujer” y la
mantiene a rajatabla, porque sabe que todo el mundo (heteronormativos y anti
binorma por igual) le van a decir que no, que no elija `mujer`: “Al final todos
están diciendo qué soy y qué no cuando son cuestiones que no tienen que estar
justificadas para nadie”. Effy no se traviste de salvadora ni de mesías, aclara
que ella no está al servicio de una lucha colectiva. Está al servicio de su
propia lucha y de lo que esta pueda aportar a esa lucha colectiva. Y siente que
lo que puede aportar es diversidad.
La construcción de su nombre vino
antes que la Ley de identidad de género. Elizabeth Chorubczyk nació en Israel,
su pasaporte dice su nombre auto percibido con sexo “masculino”, pero para
poder tener DNI argentino no le aceptaron esa ambigüedad: si era Elizabeth
debía acompañarse con FEMENINO. Esto la tuvo indocumentada por un tiempo, aún
después de aprobada la ley.
– Hay una ley que dice vos podés
desarrollar tu género como quieras, ¿Por qué no puede haber un Elizabeth
masculino? ¿Por qué no puedo ser masculina? Sexo masculina con `a` al final”
Esa batalla legal le llevó mucho tiempo a Effy. Hoy en día tiene un pasaporte M
y un Dni F. Antes no podía postularse a puestos femeninos porque su Dni no
estaba en femenino: ahora puede, sí, la van a llamar, tal vez si no pone foto,
pero si va, ¿qué puede pasar?:
–Soy mujer y soy Trans, lo hermano,
al serlo, lo soy. No me pienso de otra manera, entonces cuando voy a una
entrevista yo me pienso Trans, supongo que la otra persona no me va a aceptar.
Mido 1.80, tengo espalda ancha, no tengo tetas, por el desarrollo de la
testosterona tengo pelitos que el láser no me va poder quitar, hay pequeños o
grandes indicios que en su conjunto no me van a proteger de alguien
transfóbico.
Experta en vacíos legales.
Cuando decidió operarse, su Obra
Social, Osde, se lo negó. Si quería hacerlo en un hospital público tenía que
entrar a una lista de espera de 200 chicas. Operan a una sola por mes.
Claramente Effy no se iba a quedar esperando. Un quirófano por mes es lo único que
pudieron conseguir los que están luchando en estos hospitales públicos. Se
opera solo en CABA y La Plata: el interior otra vez permanece olvidado.
La Ley de identidad de género es
una ley de avanzada, Effy lo explica así: “La ley de matrimonio igualitario a
lo sumo resarcía a los afectados, nada más: en cambio,esta habla de la
identidad de todas las personas, dice que vos, sin ser trans, tenés derecho a
desarrollar tu género y expresarlo como vos quieras y tomar decisiones de tu
cuerpo como vos quieras, y eso la gente lo perdió de vista. Creen que es la ley
para la minoría de la minoría.”
Para no cubrir la intervención,
Osde se amparaba diciendo que no estaba en el Plan Médico Obligatorio. Sin
embargo la ley ya habla del Pmo, dice que toda operación que tenga que ver con
la adecuación tiene que estar cubierta por el estado y las prestaciones u obras
sociales, o sea... tiene que estar cubierta.
–¿Nadie más reclama?
–Osde se aprovecha. Yo no me quiero
victimizar, pero por el tipo de país en el que vivimos y por la cantidad de
información que circula y de gente que se interesa, es una sociedad donde la
población trans y travesti es la más vulnerada, la más ignorada, y si una
chica, que a los 12 fue echada de la casa, se tiene que prostituir, decide
operarse, no hablemos si quiere o no, DECIDE, y se acerca a Osde porque
consigue Osde, porque se casa con alguien, porque consigue una buena prestación,
va a Osde, un lugar fino, de guante blanco, con legitimidad, y va y dice “Tengo
una ley y me voy a operar” y le dicen “No, no está en el Pmo” ¿qué va a hacer?
Después de ser echada de la casa, de sufrir todos los maltratos, va a volver a
la casa del novio, de la pareja diciendo “bueno” y no va a lucharla porque
cuando se margina a una población no se le da herramientas justamente para
defenderse. Yo tuve la suerte de haber
transitado una secundaria que me dio ciertas herramientas, haber pasado ciertas
cosas en mi vida, haber tenido mucha contención de mi entorno, entonces me
dijeron “no” y yo dije “¿qué?” y seguí.
Entonces pidió que le dieran ese
NO por escrito y lo llevó a la Superintendencia de Salud. Desde la
Superintendencia extendieron una carta donde le dicen a Osde que su decisión es
“parcial, arbitraria, caprichosa y tendiente a justificar una práctica negativa
de cobertura a la que el paciente tiene derecho a acceder sin intervención
judicial “. Tomá. Pero Effy no podía esperar más tiempo (en abril cumple 26
años y pierde la cobertura de la Obra Social), así que su papá vendió una
propiedad y con eso pagaron la operación particular para luego pedir el
reintegro.
Fueron meses de ir a Osde, llorar,
desilusionarse, porque Effy también se cae, se deprime, se cansa, se desilusiona
y llora. Es humana (y mujer y trans y una luchadora). Hubo respuestas que
parecían bromas, como cuando le dijeron que espere unos meses, que pasó lo
mismo con la ley de los celíacos, que cuando salió tardaron seis meses en
reglamentarla y al final les cubrieron sólo el 5% del tratamiento. Del
otro 95%, ni novedad. La escucho y entiendo que esta
crónica yo la empecé a vivir hace rato, solo que ahora la escribo, porque yo la
vi a Effy llorando el día de la aprobación de la ley y es cuando pasan estas
cosas que ella me pregunta: “¿Entonces qué festejamos esa noche en la Plaza de
los Dos Congresos cuando se aprobó la ley de identidad de género?” No sé qué
responderle.
Hoy
Y más allá de la lucha, de la
valentía, de las leyes, está el cuerpo. Parte de la operación consistió en
acortar la uretra, y hubo complicaciones. Se infectó, se enfermó. Para abrirla
nuevamente en el Durand tuvieron que meterle un fierro y remover. Effy explica,
hace el movimiento circular y se ríe.
“Me dolió mucho”, dice y el
comentario no es necesario porque ya me está doliendo de verla. Para cuidar la
zona tuvo que usar sonda por una semana. Se volvió a infectar. Fierrito de
nuevo en la guardia. Sonda por dos semanas. Ella sabía que esto podía pasar,
pero de tanto que vino padeciendo, no iba a ponerse en negativa. Quizás si
hubiese asumido esa posibilidad como algo más probable habría llegado más
preparada psicológicamente a lo que pasó en el postoperatorio. Por eso salió a
contarlo, para que cualquier chica que esté por operarse tenga el panorama
completo y personal de Effy. Con la sonda atada a la pierna y un cartel fue a
la marcha del Orgullo a realizar su perfo. Otra perfo que interpela, genera más
preguntas que respuestas. Effy comparte lo que vive, no para crear lucha
colectiva sino para abrir caminos desde su lucha personal.
–Hay que tomar conciencia de que a la ley le falta un punto que
explique que no solamente se garantiza
el acceso a la salud sino ¿qué es salud? La decisión ES salud, la
decisión no es adecuar. Por eso yo salí (a la marcha) con un cartel que decía
“el aborto es salud”, no es una cuestión de “¿Quién quiere abortar? ¿Quién
quiere operarse?”, la salud TIENE que estar, arremangarse las manos e
involucrarse. No es una cuestión moral, es una cuestión de salud.
Actualmente, el país se volvió
Trans-friendly después de que Viviana Canosa y Marcelo Polino se agarraron de
la identidad de género de Florencia de la V para criticarla. La misma Florencia
Trinidad que habló tan emotivamente en La
pelu, su programa del mediodía en Telefé para audiencia Atp es punto de
controversia dentro del colectivo Trans, pero ahora estoy leyendo una nota que
la misma Effy escribió para Página/12.
No la cuestiona, pone el foco en el respeto y la ética de esos “comunicadores”
(estas comillas las pongo yo) y se ofrece a dar talleres de concientización
para estos últimos sobre identidades y problemáticas Trans.
Pasaron tres años desde su perfo
“Nunca serás mujer”, pasó un año de la aprobación de la ley de identidad de
género. En diciembre de 2013, Effy está esperando la respuesta de su obra
social, Osde, acerca del reintegro de su
operación. Escribo esto, vuelvo a escuchar la entrevista, releo y estoy lleno
de dudas, propias, sobre mí. Será que si después de una charla con Effy uno
tiene más respuestas que inquietudes, claramente, no escuchó nada de lo que
ella dijo.
Lucas Gutiérrez
domingo, 8 de diciembre de 2013
Los gauchos de la ciudad
Susy Estévez
Mataderos
–bautizado en sus orígenes como Nueva Chicago por haberse emplazado allí, al
igual que en la ciudad de EEUU, la industria cárnica– es, quizás junto a La
Boca, el barrio con más personalidad e
historia de la Ciudad de Buenos Aires. Conserva
su característica de casas bajas, veredas anchas y arboladas, vecinos con la
silla en la puerta charlando y tomando mate. Barrio de gente sencilla y
solidaria. De lunes a viernes, los obreros de la carne, con sus uniformes, lo
visten de blanco. Como un destino manifiesto, se desarrolla allí la Feria de
las artesanías y tradiciones populares argentinas,
que todos conocemos como la Feria de Mataderos. El escenario principal, bautizado Antonio
Tormo, está emplazado en Lisandro de la Torre y Avenida de los Corrales. Por
allí pasan tanto las grandes figuras de nuestro folclore, como ignotos
artistas. En sus dos cuadras de puestos de artesanos, de productos
tradicionales y de comidas típicas, desfilan cada semana, miles de personas. Al
mediodía, bajo la recova, no queda lugar disponible en las mesas de madera o chapa dispuestas por los diversos locales de comida,
que sin especular con la alta demanda, ofrecen precios populares.
A
pesar de su carácter único en esta
ciudad, que por ello y por su excelente calidad, podría haberse desvirtuado a
lo largo del tiempo y transformarse en una caricatura de sí mismo, ha logrado mantener su espíritu
auténtico. Los que concurren, bailan, comen locro, tamales y empanadas, son
vecinos del barrio y de los alrededores del conurbano, dispuestos a disfrutar
de la fiesta popular que todos los domingos, desde hace 27 años, organiza la licenciada
Sara Vinocur, quien proyectó y logró concretar esta feria en 1986. El turismo
internacional, tan ávido de lo típico, no ha llegado masivamente. Es un milagro
no toparse con carteles en inglés.
Una
de las principales atracciones de la feria, que se ha mantenido inalterable desde sus
orígenes, es la corrida de la sortija, cuya historia se remonta al Medioevo, cuando
la nobleza cristiana española la
aprendió de los árabes. En el Río de la Plata, la sortija se hizo plebeya,
patrimonio del hombre de campo. En una cuadra de Lisandro de la Torre, detrás
de los puestos, se empiezan a organizar los hombres de a caballo. Cubren de
arena una franja de la calle, instalan el arco con la sortija colgante, el micrófono
y los altoparlantes que anunciarán el turno a los jinetes y los resultados de sus
corridas.
En una de las veredas se agrupan los gauchos con sus
caballos, la familia que despliega mesas y sillas, donde empieza la ronda de
mate y charla. En la otra el público que se va renovando en las dos horas que
dura la carrera.
¿Quiénes son los gauchos que
participan? Sara Vinocur, que los define como “ paisanos locos del asfalto ”, dice
que pertenecen a diferentes centros tradicionalistas del conurbano. Que son o
fueron trabajadores del Mercado Nacional de Hacienda, que todavía funciona en
el mismo predio en que se desarrolla la feria. Cada domingo, la corrida es
organizada por alguna de las agrupaciones gauchas que se hacen responsables de
la convocatoria y la seguridad: El Sortijero de La Matanza, la Juan Moreira, El
Balcón, El Resero, entre otras. La feria les da dinero para los gastos y los
premios. También paga el seguro de los jinetes. Vienen de diferentes zonas del
gran Buenos Aires: Villa Madero, Quilmes, La Tablada, Tapiales, Ciudad Evita,
Monte Grande.
Empieza la corrida. Son cincuenta
metros que deben galopar. La estampida del caballo es impactante. En la primera
movida de sus patas, arranca a una velocidad que supera al más potente
automóvil. En un momento, el jinete se para sobre los estribos y con un puntero
primero apretado con los dientes y luego entre los dedos, cuyo diseño y modelo elige
cada uno, trata de ensartarlo en la
sortija que mide apenas dos centímetros de diámetro. Si la ensarta, cosa que a
los de a pie nos parece un milagro, la debe sostener, pues si la sortija se le
cae, el milagro no habrá valido de nada. Para frenar necesita un buen trecho.
El público festeja con gritos y aplausos los aciertos.
La carrera se desarrolla en ocho
vueltas. La de este domingo no es de las más concurridas. Sólo corren nueve
caballos: suelen participar hasta veinte.
Hoy organiza El Sortijero de La Matanza. Héctor Ríos, su presidente, está vestido
como la mayoría, de rigurosa bombacha, botas y rastra.Él está a cargo de la
locución y la planilla donde anota los resultados. Mientras va llamando a los
que les toca correr y pide a los imprudentes del publico que no invadan la zona
de galopada –¡ A ver Rubia si te corrés!, ¡Ese hombre con el chiquito, cuidado!
–, cuenta que trabajó durante 30 años en el Mercado. Que cada corredor pone $
50 y agregado a las “monedas” (sic) que les da la feria, se reparte como premio
entre cuatro o cinco ganadores.
–Que se prepare el Pelado –reclama Héctor. Se refiere a Sergio, el más
jovencito de los participantes. Sergio tiene 16 años. Me cuenta que corre desde
los 7 en pagos del Uruguay, que de ahí son sus padres. Viene en representación
del Centro Tradicionalista de La Tablada. De bombacha, boina y alpargatas, sale
a la carrera rebenqueando a su tostado.
–¡¡¡Y ahora vos Bombero!!! –grita Héctor.
Así llaman al hombre canoso que monta el tordillo, pues se desempeñó durante
años en la Policía Federal.
Conversamos con Horacio Torres, del
Centro Tradicionalista La Posta de Tapiales. Corrió desde los 9 años. Cuenta
que se corría dentro del Mercado en las fechas patrias..Y a los 13 empezó a
trabajar allí, donde estuvo 32 años. Ahora tiene un sulky con el que participa
de los desfiles que se organizan los días de homenaje a la patria.
Quien está al lado del arco y también a
caballo es el sortijero. Lo llaman Tordo. Se ocupa de verificar si la sortija,
que se ensarta en una tira de cuero enganchada al arco, está bien colocada,
acomodándola o sustituyéndola en cada pasada. Como todos, viste bombacha y botas.
Se cubre la cabeza, de pelo renegrido, largo y ensortijado, con una boina. La
camisa celeste tiene estampadas en la pechera y en la espalda las imágenes en
rojo del Gauchito Gil. Un chico de unos diez años recoge las sortijas que se
caen y las que los jinetes que la ensartaron le alcanzan. Es el encargado de proveerlas
al sortijero.
El clima es de concentración y dedicación a la tarea. Tanto para los que
corren, como para los que se ocupan de las sortijas, parece no existir el
público. Aun los que ensartan la sortija pasan lejos de donde se agolpan los
espectadores, sin gestos triunfalistas, entregan la sortija al encargado y
siguen su camino. El ambiente es de camaradería. Aquí no se manifiestan ni se
alientan las rivalidades.
Es común que corran el padre y el hijo.
En esta corrida están Jorge Gago, que vuelve a correr luego de 20 años, con su hijo Héctor. Oscar Pensa participa
con su hijo Roberto que corre galopando en un tobiano colorado y sus nietos.
Ellos por ahora no corren, pero ya montan. Oscar es el más veterano de los
paisanos. Viene de Ciudad Madero, donde mantiene en su casa el Centro
Tradicionalista Juan Moreira .Con sus setenta y tantos, va deshilvanando sus
recuerdos. Corre desde hace 56 años. Dice
que antes se corría los días de fiesta, por la Avenida de los Corrales, que entonces se llamaba Chicago y los premios
los daban los comerciantes de la zona. Le toca el turno. Jinete experimentado,
rebenquea a su caballo blanco “Palomo” y arranca de costado a toda velocidad.
Uno de los jinetes, en un gesto de
caballero, le regala a esta cronista la sortija conseguida.
Luego de la cuarta corrida, se hace
una pausa, donde algunos de los paisanos “florean la tarde”, a decir de Hector
Ríos. Ariel Figueredo en sus versos, homenajea a los paisanos sortijeros y
también Oscar, el veterano jinete, dice un verso campero, que habla de ranchos
abandonados por mujeres traicioneras. Al finalizar la octava vuelta, se cuentan
los aciertos conseguidos. Sobre un total de 72 corridas, sólo consiguieron
llevarse la sortija 15 veces. Los aciertos se distribuyeron entre cuatro jinetes de los nueve que participaron.
Invitando especialmente al próximo domingo que es 10 de noviembre, dia de la Tradición y que constituye la más importante fiesta gaucha,
concluye una demostración más de esta tradicional destreza criolla.
Susy
Estévez
lunes, 2 de diciembre de 2013
Pablo Pinto, el conquistador del oeste
Hoy, martes,
Pablo Pinto tiene el pelo más endemoniadamente monstruoso que de costumbre. Me
enseña cómo funciona ese lavarropas sin carcasa al que se le ven las entrañas,
y aunque se peine con la mano llena el pelo le vuelve a saltar como si tuviera
resortes. Pablo sirve café;qué linda le resulta esa Ariston Express de precio
exorbitante, aunque ya está resignado a desprenderse de ella cuando pase el
testeo y a volver al café de filtro o al mate cotidiano. Entonces Rubén se
acuerda de Héctor Bordoni, su compañero de la escuela que hizo de indio en “El
cóndor de oro” y que ahora hace de gaucho en la propaganda de Levité donde un
chino es el asador, y Gustavo ofrece facturas y Claudio llega sobre el pucho,
cuando hay que repartir las boletas de visita. Alguien llama para pedir un
técnico porque tiene un anafe de seis hornallas que no hace chispa en ninguna
de ellas. Pablo dice que la rutina en Servinor es sencilla, que su trabajo no
tiene vueltas, que hace dieciséis, dieciocho años que la yuga a diario y que
ahí son todos amigos aunque vayamos juntos a comer de tanto en tanto. Mientras
Gustavo le permita tomarse los días necesarios cuando le aparezca un bolo,
Pablo ya está contento. Y Gustavo se lo permite.
En un momento
saldremos de recorrida: el único inconveniente es que uno, viendo la maraña de órganos
alrededor, se siente completamente lego respecto del service de electrodomésticos.
–Nunca tuve
vergüenza del trabajo –dice Pablo–. Menos afanar, hice lo que te imagines. Le
pongo el pecho a todo. Si había que repartir pollos, repartía pollos, si había
que cargar medias reses, cargaba medias reses, si a los 16 años había que
ponerse un guardapolvo amarillo patito en un supermercado, me ponía el
guardapolvo amarillo patito en el supermercado.
Servinor tiene
la sede en Martínez a tres cuadras de la Panamericana y atiende el servicio de
Ariston para la zona norte del conurbano bonaerense. El circuito de hoy incluye
Acasusso, Punta Chica, San Fernando y Nordelta. En Acasusso hay que dejarle un
lavavajillas a las asistentes de la señora en un departamento que en una
primera impresión parece hecho a todo trapo, pero que si uno se fija bien
descubre que las terminaciones no son más que molduras de yeso muy baratas.
Camino a Punta Chica –donde, en una casa atenderemos un lavarropas que recibió
un golpe de tensión y lo más probable sea, de acuerdo al diagnóstico previo,
que se le extienda el acta de fallecimiento, y en otra casa le cambiaremos las
bisagras a la tapa de un horno en la misma cocina donde recién terminaron de
preparar brócoli pero sin salsa blanca, qué picardía–, pasamos por la
estación Las Barrancas del Tren de la Costa. Por ese camino verde y sinuoso,
Benítez iba a correr en los ratos libres para mantener la agilidad de Pablo.
–Una vez andaba
sin guita y vi unos tipos haciendo vizcacheras en la calle, no querés
laburar de esto vos que sos grandote, y laburé seis meses haciendo pozos, me
quedaron los brazos así, bronceado, parecía que iba al gimnasio, me daba lo
mismo que jugar al rugby. Todos la remamos de abajo en casa, portugueses,
italianos, toda la familia. Mi abuelo, que tenía una florería frente a la plaza
de Moreno, plantaba, cosechaba y vendía las flores él mismo. Mi viejo laburaba como
técnico en BGH y después se puso una casa de artículos para el hogar en un
barrio de gitanos también en Moreno. Le fue bárbaro durante muchos años, y cuando
se fundió con la hiperinflación se puso a hacer electricidad del automóvil y
pasó de manejar un flor de auto a hacer equilibrio en una bicicleta y nadie le
negó el saludo.
En San Fernando,
la señora de la casa está preocupada porque el lavarropas le deja un charquito
de agua después de lavar. Pablo explica que la bomba de desagote junta mugre
porque a lo mejor la señora le pone más cantidad de jabón que la adecuada. Yo
le pongo hasta acá, dice la señora con culpa, y Pablo sostiene que mejor
ponerle hasta aquí para que esto no suceda y la señora asiente y se queda
tranquila porque Pablo le asegura que el lavarropas anda perfecto, como buen médico
de familia que es. Está visto que las mujeres que atiende habitualmente Pablo
son clientas conocidas, y que dada la familiaridad que ha entablado con cada
una, ante la más mínima pavadita lo mandan llamar a él específicamente para que
el hogar no se les vaya de las manos.
–Imaginate esta
fajina de irte al suelo a cada rato con treinta y cinco kilos más. Le tenía que
pedir a mi mujer que me rasque la espalda. De noventa me fui a ciento
veinticinco. Y rapado. Metía miedo.
Y acota con
cierta saña:
–A Triviño le
metí miedo cuando entré encapuchado al bar y dijo o este es Benítez o este
me afana. ¡Portación de cara!
Y Pablo se ríe mientras
se le escapan los ojos de las cuencas y tiene que correr a buscarlos.
–Para mí
Benítez es un tipo que viene de afuera, un tipo con la mirada triste,
disconforme con su vida, un entrerriano que llega a Buenos Aires a ver qué
pasa, Carlitos viene a Buenos Aires a laburar de artista, como decía
Monzón en Soñar soñar, viste. Ah, sí,
miralo en YouTube. Cuando gané el premio en Huelva tenía puesta la remera de Soñar soñar con la cara de Monzón. Y un
saquito. Y no supe qué decir.
En el barrio La
Alameda de Nordelta (ese cuyas callecitas nos recuerdan a Wisteria Lane –la
calle de las amas de casa desesperadas–, ahí donde hay que andar despacio con
el auto porque sus niños juegan –los niños de los habitantes del barrio– y
donde un guardia altisonante le exige por favor a Pablo que le entre por atrás –a
la casa que vamos a visitar–), un lavasecarropas hace saltar la térmica porque
la secadora hace masa y eyecta los tapones. Tan simple como anularle la
secadora al aparato y usar el secarropas que tiene al lado, y ya que estamos
fíjate por qué tarda tanto en cargar el agua y fíjese qué baja presión viene de
la canilla, mientras uno pasa el secador por el porcellanato donde se armó el
charco al quitarle la manguera (para algo estamos los asistentes, para secarle
el agua o ajustarle los tornillos al técnico).
Paramos para
comer bastante más allá de aquellas lagunas con fondo de cemento y pajarracos
extrapolados. Pablo dice que no se sienta a almorzar, que se toma un yogur en
alguna estación de servicio en algún momento de la tarde. Está más flaco que en
la película pero de todas maneras es un tipo enorme, uno de esos que se para sobre
un escenario y su presencia totaliza el espacio; sin embargo cuando uno lo
escucha hablar con ese posible registro de tenorino espera que se le abra el
pecho en dos, como cuando cuenta que su señora una vez le pidió que no fuera a
Servinor y que fuera realmente a trabajar. A trabajar de actor, se
entiende.
Cuando nos
conocimos el viernes pasado Pablo Pinto me cuenta que Gustavo Triviño, el
director de De martes a martes, le
dijo que necesitaba un Juan Benítez más duro, y Pablo Pinto aumentó treinta y
cinco kilos a partir del entrenamiento en un gimnasio de mala muerte en
Moreno y de una dieta rica en proteínas, y cargó con el cuerpo del otro
durante los doce meses previos al rodaje. Y Pablo, cuyo pelo atrabiliario no
condijo con Benítez desde el principio, cazó la maquinita y se rapó hasta
dejarlo en su cabeza como un pinche de medio centímetro. Sucede que su papá
bandoneonista tenía una cámara súper ocho con la que a los nueve años Pablo y
su hermano Eduardo filmaban cortometrajes en el lote de al lado de la casa,
razón por la cual se aburrió en la única clase de teatro que tomó en su vida
porque ya había experimentado bastante con esas películas que no cuenta de qué
trataban y que para uno es mucho más feraz imaginárselas. Y mientras tanto, tocaba
la batería y planteaba los videoclips de la banda y cambiaba de voz en el
teléfono o de actitud frente a la caja del supermercado, cosa que todavía hace
porque no puede resistirse a jugar con sus dos hijos como cómplices o con sus
compañeros de trabajo como testigos, y todo ese fárrago de emociones que le
causaba el juego diario de cumplir el rol de artista se tradujo en el deseo de
ser actor de verdad, no importa si bueno o si malo, pero actor en serio, tarea
que parecía destinada a los sospechosos de siempre pero no para uno mismo.
–Yo ya había
colgado los guantes –confiesa el viernes en el teatro Gargantúa, después de entrevistarse
para un papel en otra película – Tengo
una familia que mantener, lo mío es laburar, no queda otra. Del laburo
no me puedo quejar porque gracias al laburo tengo mi casa en Moreno, yo vivo en Moreno, y gracias al
laburo hasta restauro muebles, tendrías que ver, los ventanales antiguos de mi
casa los restauré yo, pura observación, pero la actuación era una deuda
pendiente, si hasta debo materias del secundario, hasta que Lola Sosa, la
directora de arte de la película, se acordó de mí por un bolo que hice en una
publicidad y
De martes a martes muestra
cómo Juan Benítez tiene una rutina armada: pecho, espalda, brazos, piernas. Se
levanta bien temprano y va al gimnasio antes de entrar a trabajar en el taller
textil. En la rutina de Benítez se cruzan la sonrisa de la quiosquera y la
chicana del supervisor: con erotismo inocente una, plena de cinismo impune la
otra; el sueldito que en casa a gatas si alcanza; las changas como gorila en
boliches o fiestas privadas; la lidia con las aves de rapiña que anidan en el
taller, y aquel puente sobre la Panamericana al que todo el tiempo se le mueve
el horizonte. Tener el gimnasio propio es un anhelo de segunda mano pero
Benítez, Juan Benítez, no ceja en el empeño. Sabe que tarde o temprano las
cosas se le enderezarán. Y entonces el jueves a la noche Benítez, firme y
derechito como camina, es testigo fortuito de una violación. Alguien viola a
Valeria, la quiosquera. Él observa de lejos. El que la viola vive en el Bajo
Belgrano, es un arquitecto que tiene su estudio en el centro, juega al golf los
sábados y se llama Alfredo van den Westoizen. De todo esto se enterará Benítez
a partir del viernes, después de buscar los datos del dominio del Audi gris al
que Westoizen se sube después de cometer el abuso, ese auto de quinientas
lucas. Esa es la cifra que le pide el lunes después de apretarlo el domingo a
la mañana en la puerta de su casa: 500 mil pesos. El gimnasio propio. Salir de
pobre. Y Benítez, ese tipo tan grandote al que no le combina el cuerpo con la
timidez, ese que no aprende a fiarse de los demás, el mismo que por poca plata
no se pelea con nadie, que cose a máquina en sobreturno para amarrocar el
manguito, el mismo a quien por hacer fuerza se le ponen rojas las manos
curtidas, se muestra distinto, brutalmente. O ese martes se muestra tal cual
es. ¿Quién es Benítez? ¿Qué le pasó en los últimos diez años? ¿Fue el hombre de
confianza de alguien, antes? ¿Estuvo preso? ¿Tan acostumbrado está a ver cómo
los demás se abusan de los otros, que no le importa quedarse en el molde cuando
es necesario? ¿Por qué tiene esa mirada espesa y devastadora en aquellos
pregnantes ojos negros, profundos, tan profundos?
Cuesta
decirlo, pero Benítez es un hijo de puta. Un hijo de puta como Travis Brickle o
como Claus von Bülow, y sin dudas que Pablo Pinto califica por este rol en la
misma liga que Robert De Niro o Jeremy Irons en Taxi driver y Mi secreto me
condena, dos películas con hijos de puta de antología. Todo el cuerpo de
Pablo, sin exagerar, es de Benítez en la película: ese andar ágil que desmiente
el esfuerzo del sobrepeso adquirido, las manos rudas con pequeñas cicatrices,
las marcas de viruela en sus mejillas, el planisferio de señas particulares de
un individuo que se diluyen en la ficción de otro. Y es sorprendente y en
definitiva conmovedor que la comprensión total de Pablo Pinto respecto de su
personaje convierta esta película en un rotundo objeto artístico. Uno sale del
cine con la angustia de haber perdido un héroe en el camino, aunque al cabo de
un rato, cuando recuerda que Benítez arropa a la hija dormida, le da un beso
trémulo en la frente y se queda arrodillado como pidiéndole perdón, le
cosquillee encendido el entusiasmo por haber conocido a uno de esos actores
extraordinarios que con un solo parpadeo nos hacen creer que el océano se
partió en dos, como dijimos de su pecho cuando algo lo emociona.
De martes a martes se estrenó en Buenos
Aires el jueves 3 de octubre de 2013, un año después de iniciar su carrera en
los festivales de Biarritz (Francia, premio a la Mejor Película), Huelva
(España, premios al Mejor Nuevo Director y Colón de Plata al Mejor Actor), y
Mar del Plata (Argentina, premio Astor de Plata al Mejor Actor –compartido con
el turco Ilyas Salman por la película Lal
gece–). De martes a martes, gracias
a la carrera que había hecho el año anterior, era uno de esos estrenos que en el ambiente del cine se
esperaban con muchas ganas para esta temporada, pero tal vez debido a las
exigencias para el cobro de subsidios del INCAA, o por el arbitrio en la distribución
del cine nacional o debido al cumplimiento de la cuota de pantalla por parte de
los exhibidores en las salas, podríamos decir que la película se estrenó
para cumplir, con apenas tres copias y en una época de marcada merma en la
cantidad de espectadores. Resulta lógico entonces que no haya despertado
interés: de acuerdo a la información publicada el 7 de octubre en el sitio web
cinesargentinos.com.ar, Rentrak EDI de Argentina informa que De martes a martes tuvo un promedio de
151 espectadores por copia entre el jueves 3 y el domingo 6 de octubre, el fin
de semana de estreno en el que en total asistieron unos 483.000 espectadores a
las salas de todo el país (un 34% menos que en la misma semana de 2012) y la
película más vista fue Dragonball Z: La
batalla de los dioses.
–Sabés
que una vuelta estamos haciendo un pozo frente a una casa muy linda, y un
pocero paraguayo la mira, la mira, dele mirarla, hasta que se le llenan los
ojos de lágrimas y me dice algún día voy a tener una casa así, y un vino.
De ahí lo saqué a Benítez me parece – y por un momento Pablo se calla y mira al
frente, quizás porque en el camino a Moreno el asfalto esté cuarteado y la
trajinada Berlingo verde inglés sienta el traqueteo en los elásticos.
Moreno,
puntualmente, como en el far west, es una ciudad seca de calles polvorientas,
edificios bajos y el cielo amplio que al atardecer se puebla de múltiples tornasolados.
Pablo Pinto hoy tiene en Moreno el mismo fulgor de celebridad que tenía antes
de transformarse en actor de cine. A lo mejor la gente le sonría con una
sonrisa más amplia y Pablo la mire con una caricia de agradecimiento. Llegamos
ahí donde él vive, cerca, a diez cuadras, porque a uno le conviene más
tomarse el tren para bajarse en Once. Al otro lado de la plaza está más
tranquilo para hacer fotos, sugiere, e indica dónde estaba la florería del
abuelo, en diagonal a la municipalidad y en línea recta a la iglesia.
Le agradezco
que me haya permitido acompañarlo al trabajo y le pido un autógrafo. Está muy
claro que él no es el personaje aunque Marcelo, el mecánico que trabaja al lado
de Servinor, al verlo le grite
–¡Benítez,
hágala bien!
que es lo mismo
que le azuza el taimado supervisor González al forzudo en la película. Y uno se
pregunta por qué Pablo trabaja de otra cosa si es actor y por qué tendría que
cambiar su vida laboral si siempre carga su caja de herramientas y no le pesa,
qué nos lleva a naturalizar tanto absurdo maniqueísmo alrededor del triunfo y
la voluntad en el trabajo y en el arte, si al fin y al cabo uno conquista el
universo cuando encuentra un espacio en el mundo y tiene el corazón en las
pupilas.
Carlos Diviesti
lunes, 25 de noviembre de 2013
¡Los colorados no son bichos!
–Nos sacan fotos como si fuéramos
bichos raros –dice Omar, y una voz de más atrás grita:
– ¡Es por eso que nos juntamos!
Omar Fortunato es el alma de la
reunión y el administrador de la página de Facebook Pelirrojos club. Se mueve de
un colorado al otro intentando levantar la moral de esos rostros pecosos que
parecen ponerse aún más colorados por estar en este lugar.
Los pelirrojos viven condicionados por la atención que provoca el color de su pelo del cual se
sienten orgullosos una individualidad natural y evidente que los hace
exclusivos en un mundo que tiende a homogeneizarse. El rutilismo es un carácter
genético cuya más importante característica es la pigmentación de la piel y del
cabello. No existen fuentes fiables o científicas con números más o menos
exactos sobre los porcentajes de pelirrojos en el mundo, solo los países con
mayor cantidad de pelirrojos han hecho estudios con datos.Lla universidad de
Edimburgo, en Escocia, publicó un estudio sobre enfermedades de la piel en el
que establece que un 10% de la población
total de ese país es pelirroja.
Algunos de los pocos pelirrojos
argentinos decidieron reunirse por primera vez el sábado 23 de noviembre en el
patio del fondo del bar La Papelera, sobre la calle Honduras, a apenas media
cuadra de la plaza Serrano. La convocatoria se formalizó a través de su página
de Facebook que en menos de un mes cosechó más de 1700 “Me gusta”.
A la hora puntual de inicio de la
reunión, las 18, los pelirrojos eran apenas 7 y los no pelirrojos éramos
unos 10. Al intentar acercarse a hacer
una pregunta o sacar una foto uno se
encontraba con evasivas y timidez –“esperá que seamos más”, nos decían– ellos no se
juntaban entre ellos y se apoyaban en sus acompañantes no pelirrojos buscando
tal vez motivos para no irse de allí. Pero al pasar el tiempo y con el
entusiasmo provocado por las fotos para un medio gráfico, que envió un
fotógrafo pero no un cronista, se empezaron a soltar. Para llegar hasta el
patio interno reservado para a la reunión debían atravesar el bar y uno podía
ver la duda que los dominaba hasta que
veían que eran más de los que creían y que nadie allí se burlaba de
ellos, solo ellos lo hacían y se apuraban en hacerlo. Se decían sin conocerse y
a la manera de santo y seña los diferentes apodos que los martirizaban en un
punto y con los cuales hoy parecían sentirse satisfechos. Cabeza de tuco,
tomate, fosforito, zanahoria y tantos por el estilo.
La primera de estas reuniones de
pelirrojos se hizo en Holanda en el año 2005 y de allí en más, en ese país se hace
todos los años, siempre el 1º de septiembre.
La reunión de 2013 congregó a más de 1700
pelirrojos en la ciudad de Breda y entrór en el libro Guinness de los records. Estas manifestaciones recuerdan el cuento
corto de Arthur Conan Doyle “La liga de los pelirrojos”, aunque carecen de las
intenciones criminales allí narradas.
En esta reunión argentina las
expectativas no son ni por lejos llegar a ese numero. Al principio nos había
parecido una mala idea que se reunieran en un lugar apartado y algo escondido, y no en una plaza, por ejemplo. Ahora ya no lo
es tanto: tal vez en un lugar tan abierto y expuesto estarían más a la defensiva, como al principio de esta
reunión. Una vez que el pequeño lugar estuvo totalmente lleno de pelirrojos, la
confianza y la alegría de sentirse acompañados es notoria.
Por qué se juntan?
–Tenemos que visualizarnos juntos y derribar
los mitos que alrededor nuestro se dicen todo el tiempo, que traemos mala
suerte, que somos tontos o las mujeres pelirrojas brujas o muy sueltas de cuerpo,
me entendés, ¿no? Y a la vez tenemos motivos más serios, más adelante
trabajaremos sobre la idea de hacer conocer que nuestros problemas a nivel
salud son atendibles. ¿Vos sabias que a nosotros no nos agarra la anestesia
como a todos? La mayoría de la gente se queda con nuestros problemas de piel
pero nuestro gen mutante (sic) nos provoca otros trastornos y debemos hacer
algo al respecto –dice Omar.
Llegan las cámaras de televisión
y de manera comprensible todo se desordena. Ahora si la reunión parece ser una
fiesta, los pelos se sueltan y los ojos verdes, que casi todos comparten, se abren aún más.
La reportera del canal 9 enviada
a cubrir la nota es muy linda, muy simpática y… ¡pelirroja!
– ¡Esta buenísimo porque voy a
poder hacer la nota con conocimiento de causa! –dice- No fue a propósito: en realidad, obviamente
cuando se enteraron que esto estaba para cubrir, dijeron Esto está buenísimo para que lo cubras
vos, pero la verdad que somos el único
equipo que trabaja los sábados por la tarde.
Esto es muy loco… ¡es increíble!-
La risa la desborda como a todos los “colo” que
van llegando a la reunión, ahora sí en grupos homogéneos, y vemos cómo sacan
los celulares para intercambiarse los números. Uno de los más activos en
capturar números es un adolescente que va de una pelirroja a otra.
–Nunca salí con una pelirroja, sería raro, qué va a
decir el que nos vea, es que somos parecidos, como salir con un hermano –dice, poniéndose
todavía más colorado.
A la hora de inicio de la reunión
sólo eran siete y en menos de una hora ya eran más de cincuenta los que
compartieron un momento de fraternidad que parecían necesitar. Los
organizadores habían preparado unas charlas sobre salud, cuidados de la piel y
chequeos más especiales, y luego una sexóloga dio consejos exclusivos para los
rojos. El lugar, que al principio parecía tan grande, ahora se convierte en una
caja pequeña en la que no se puede respirar y nos damos cuenta, nosotros, los
no pelirrojos que de a poco nos fuimos convirtiendo en invisibles y salimos del
patio hacia el bar, para ver como nuevos tímidos colorados se acercan por el
pasillo de mesas prontos a convertirse en orgullosos pelirrojos.
Claudio Buezas
domingo, 24 de noviembre de 2013
“Si no me acepto gorda tampoco me podré aceptar delgada”: los Comedores Compulsivos Anónimos y el peso de las palabras
El
10 de junio de 1935 un corredor de bolsa neoyorquino y un cirujano originario
de Vermont descubrieron en Ohio un hecho nunca antes advertido en toda su
envergadura: cuando los alcohólicos en abstinencia conversan sobre sí mismos,
sobre lo que les sucede cuando dejan el alcohol y sobre las razones por las
cuales necesitan esa sustancia para vivir, olvidan por un rato sus ganas de
beber. El corredor de bolsa y el cirujano, alcohólicos ellos mismos, habían
intentado ya, cada uno por distintas vías, dejar la bebida en varias ocasiones,
pero sin ningún resultado. Mediante su descubrimiento, en cambio, consiguieron
lo que no habían podido lograr cada uno por su cuenta.
Veinticinco
años después, en Los Ángeles, surgió la idea de que ese mismo método que había
servido a los alcohólicos quizá podría servir también a quienes no podían dejar
de comer de forma compulsiva. Así surgió Comedores Compulsivos Anónimos. Esta
es la historia de unos pocos comedores compulsivos argentinos en recuperación,
sobre sus reuniones y su inframundo. También es una historia sobre la gordura y
la comida. Y también sobre las palabras. Pero no nos traguemos todo a la vez.
Ir
por un café
A
ese que viene ahí le vamos a llamar Gustavo.
–¿Vos sos Camilo?
–Sí.
–Sos
muy expresivo: te veías totalmente perdido.
Gustavo
me gasta como si ya nos conociéramos. En cierto sentido es así: hemos hablado
por teléfono, nos hemos cruzado mensajes y nos reconocimos de inmediato. Sin
embargo, algo no cierra: yo esperaba encontrarme con alguien obeso y Gustavo
está lejos de serlo. Que esperaba encontrarme con alguien obeso es un decir. No
lo “esperaba”, puesto que estaba seguro. Más tarde, cuando repase mentalmente
la tarde, esa seguridad me parecerá de lo más absurda. Es un poco como quedar
con un alcóholico anónimo y suponer que lo encontrarás completamente borracho.
Junto
a Gustavo viene alguien a quien podríamos llamar, por ejemplo, Nelson. Tampoco
él coincide con mi imagen mental de un comedor compulsivo: vino en bici y ropa
deportiva y rápidamente estamos conversando, como dos avezados ciclistas, de
las bondades y limitaciones de las bicicletas plegables. A la comedora
compulsiva que se suma de última al café, esa rubia de ojos claros, la vamos a
llamar Claudia. Y si el estereotipo no funcionaba con Gustavo ni con Nelson,
tampoco va a funcionar con ella, porque Claudia es una mujer radiante y
desenvuelta, de unos treinta y tantos años que ahora sí, definitivamente, ha
puesto en crisis mi idea de cómo luce un comedor compulsivo.
Los
tres son de un hablar raudo y certero, así que con permiso, voy a ponerle play a la grabadora mental.
Comer
para no sentir
–Mirá:
yo llegué a pesar 20 kilos más de lo que peso ahora –dice Gustavo. Después de
un tiempo me fui de los grupos, pero volví luego de un infarto. Salí del
hospital y me di cuenta que tapaba todo mirando a la heladera. Para mí comer
era como usar una droga: utilizaba la comida para no sentir.
Intento
imaginar a Gustavo con 20 kilos más pero no logro hacerme la imagen.
–El
asunto no tiene nada que ver con el hambre. Esto que te voy a decir no es algo
que por ahí se diga en OA [Comedores Compulsivos Anónimos por sus siglas en
ingles: Overaters Anonymous] pero es algo que yo pienso: una cosa es
el hambre de Dios, el hambre que me recuerda que tengo que comer para vivir, y
otra cosa es el hambre que me hace comer lo que no quiero.
–¿Pero
no es un poco confuso el límite? –reparo–. Alguien que se declara alcohólico o
que considera que tiene problemas con el resto de drogas comienza su
rehabilitación deteniendo su consumo. Pero ustedes no pueden dejar de comer.
Claudia
interviene como si enseñara a un niño a multiplicar 1 por 2.
–En
realidad, para nosotros el límite es muy claro. Venís de hacerte daño con la
comida. Hay un termómetro interno que te dice de inmediato cuándo estás
comiendo para satisfacerte y cuándo no.
A
medida que la conversación avanza voy comprendiendo mi propio prejuicio: creer
que un comedor compulsivo es necesariamente una persona obesa implica una
visión bastante pobre del asunto. Claudia me explica –y más tarde tendré
oportunidad de confirmarlo con mis propios ojos– que en los grupos de OA
convergen, entre otros, obesos, anoréxicas, bulímicos y gente que sube y baja
de peso repetidamente. En suma: gente que tiene un problema con su forma de comer. El asunto es la
relación con la comida, no la comida per
se.
–Yo,
por ejemplo, llegué por un exceso de peso –añade Gustavo– pero algunas veces
tuve comportamientos y actitudes anoréxicas o bulímicas. Por ejemplo, si en una
fiesta comía de más me decía a mí mismo que no importaba porque luego, de
última, podía tomarme un laxante. O por ejemplo: comía de más y luego pensaba
que mediante una sesión extrema de ejercicios podía compensar.
Nelson
andaba trayendo los cafés, pero ya volvió.
–Y
al ser la comida una práctica que reúne a la gente, ¿no se les complica estar
en actividades sociales que giran en torno al comer?
–Es
que el problema no es la comida. El problema es comer para no sentir.
La
voz de los especialistas
Nelson
va al nutricionista desde que cumplió los once años. Los comedores compulsivos anónimos
no reniegan de otras alternativas o tratamientos para lo que, por comodidad,
voy a llamar acá “desórdenes alimenticios”, pero en el tono se adivina que se
trata de tratamientos con una lógica distinta a la de OA. De hecho, mientras
que la ciencia parte confusamente de que los trastornos de la alimentación se
originan en una suerte de híbrido entre la dejadez moral y la patología médica,
los 12 pasos que los OA adaptaron de Alcohólicos Anónimos parten de la premisa
de que sólo se puede superar una adicción cuando uno admite que la tiene. A
partir de ese primer paso referido a la admisión de una incomodidad con las
propias prácticas alimentarias, el comedor compulsivo emprende en OA un camino
compuesto por once pasos más en busca de un bienestar físico emocional y
espiritual que apenas tiene que ver con dietas o regímenes alimentarios. Según
Nelson, sin embargo, los nutricionistas comprenden cada vez más la ineficacia
de las dietas. Para él, lo que dicen los expertos se asimila cada vez más a lo
que se recomienda en los grupos de OA.
No
obstante, esto no siempre fue así. Un breve recorrido por la literatura
especializada revela, en efecto, que la gordura fue “inventada”, en parte, por
instituciones médicas y sanitarias. Que
el comer posee una dimensión simbólica que trasciende la necesidad natural es
algo que se sabe desde que Lévi-Strauss publicara su estudio Lo crudo y lo cocido. Dado este hecho, los especialistas señalan
que la preparación e ingestión de alimentos ha poseído una dimensión cultural
desde los inicios de los tiempos. En otras palabras, como indica el historiador
de la ciencia Paolo Rossi en su libro Comer:
necesidad, deseo, obsesión, “las maneras de nutrirse pueden decirnos algo
importante no sólo acerca de las formas de la vida, sino también acerca de la
estructura de una sociedad y las reglas que le permiten perdurar y desafiar al
tiempo”. Si el acto de comer posee una veta cultural, si los alimentos y su
ingestión no dependen por completo de necesidades biológicas, las instituciones
sociales vinculadas al ámbito alimentario sin duda juegan un papel en lo
referido a los desórdenes de alimentación.
Según
la Historia de la gordura del teórico
francés George Vigarello, “lo gordo” no sólo surge como estigma a partir de la
patologización del grosor corporal, sino que además la propia noción de gordura
es el resultado de un lento avance de unos saberes que, como el saber del
médico, sustraen a la gordura su viejo hálito de prestigio (surgido en el marco
de las tremebundas hambrunas medievales) y la convierten en un problema. Para Vigarello, el avance en la
estigmatización de la gordura se da entonces de la mano no solo de cambios en
la percepción de la estética corporal (cambios que se consolidarán solo de
forma tardía, a inicios del siglo XIX) sino también, y sobre todo, de la mano
de una medicina que inventará balanzas, promedios “sanos” de peso y formas
dramáticas de describir la abundancia de carnes. De modo tal que la misma
medicina que hizo posible la “invención” de la gordura, se rasga ahora las
vestiduras indagando las razones por la cuales miles de personas le temen. Esto
por no hablar de la sobreoferta de alimentos (cuya dramática contrapartida es
el hambre de millones de personas en los márgenes del mundo) que es la que, en
última instancia, posibilita la obesidad y sus reversos: la anorexia y la
bulimia.
Pero
volvamos a Nelson.
–A
mí ir al nutricionista me ha ayudado, pero los grupos son los que me han
permitido mantenerme. Cuando llegué a OA pesaba 40 kilos más de lo que peso
ahora. A mí la nutricionista me dice “Usted no tiene que hacer una dieta”, y es
lo mismo que decimos nosotros.
–Yo
muchas veces logré bajar de peso con esos métodos, pero el tema, luego, era
sostenerlo –añade Claudia.
Dentro
de la filosofía de los Comedores Compulsivos Anónimos no hay una receta para
bajar o subir de peso. De hecho, bajar o subir es secundario. El programa, más
bien, está concebido para practicarse en primera persona, como una búsqueda
personal exenta de gurús. Cierta
caricaturización de los programas estilo Comedores Compulsivos Anónimos señala
que se trata de programas de autoayuda. Pero “autoayuda” es Paulo Coelho. Esto
se trata, más bien, de Nelson encontrando algo que le ayudó a bajar 40 kilos
para poder moverse. Se trata de Gustavo saliendo del hospital y encontrando una
manera de salvar su vida luego de un infarto.
La
reunión
Para
comprender la diferencia entre los comedores compulsivos y Paulo Coelho me
bastó con entrar al grupo. Mi asistencia es en carácter de invitado, por lo que
procuro sentarme en un rincón para no perturbar. Una vez al mes, en este grupo
en particular (pues en la Argentina existen varios más), se realiza una reunión
“abierta”, a saber, una a la cual pueden asistir invitados. Lo que me dijo Claudia respecto a la
diversidad en la composición del grupo queda ahora confirmado: la conformación
es tan variopinta que entre las 11 personas que asisten a la reunión de hoy es
más sencillo encontrar diferencias que similitudes. Si alguien entrara en este
cuarto y tuviera que adivinar qué reúne a estas personas, la tendría difícil.
Además de Nelson y Gustavo, de quienes ya sabemos algo –Claudia se fue cuando
terminamos el café– vamos a decir que acá hay diferencias no solo de
contextura, sino de edad, clase social, género, origen y proveniencia
profesional. Lo único en común entre los once cuerpos de esta sala es que
tienen problemas con la comida y que buscan una manera de sobrellevar esos
problemas.
Peor
he aquí que sucede algo interesante: a diferencia de la fórmula simplona de la
dieta, o de la cifra estándar de las 2000 calorías de los nutricionistas, acá
cada quien debe dar con su propio método. Lo que sirve a un OA no tiene que
servir a otro; lo que se abstiene de comer un OA no necesariamente está vedado
para todos los otros. A diferencia de las fantasías individualistas de la
autoayuda (basura del tipo “solo tienes que proponértelo para lograrlo”) me
encuentro con once reflexiones singulares: once formas de ver el mundo. No
obstante, entre la observaciones de uno y otro se teje un sentido, una verdad
colectiva. Algo que no es solo la sumatoria de once visiones individuales.
El
género de la gordura
–A
diferencia de otros grupos de 12 pasos –me había explicado Gustavo en el café–
en OA hay más mujeres que hombres. Supongo que para una mujer está peor visto
estar gorda, por lo que hay más presión para ellas en lo referido a la
alimentación.
–Sin
embargo el sufrimiento es el mismo –agrega Nelson.
En
la reunión tengo posibilidad de constatar lo que ha dicho Gustavo: son tres
varones por ocho mujeres.
–Inclusive
los libros que usamos están escritos en femenino. ¡Algunos compañeros cambian
el género cuando les toca leer en vos alta!
Donde dice “nosotras” leen “nosotros” –dice entre risas Gustavo.
De
costado vuelvo a ver a Claudia. No puedo evitar pensar en la ironía de que
cuando las mujeres defienden un uso neutral del lenguaje reciben todo tipo de
críticas, pero cuando sucede al revés, no. Pero esa es harina de otro costal
(¿o no?).
–Lo
importante es que aquí no discriminamos: cualquiera es bienvenido –sentencia
Nelson.
En
su Historia de la gordura, Vigarello
da cuenta de la génesis de esas diferencias en la percepción del peso según el
género, y se refiere, inclusive, a “dos universos de cultura adiposa”. La
explicación histórica se da en términos de percepción de la belleza: mientras
que desde finales del siglo XVI se consolida una belleza masculina asociada al
“afuera” y al encuentro con las cosas y las personas, la belleza femenina queda
signada por el “adentro”, es decir, se constituye como una belleza decorativa.
En su ensayo “El cuerpo y sus descontentos”, la filósofa uruguaya Laura Gioscia
apunta: “La gordura termina haciéndonos un favor: nos muestra la relación entre
el sexo y el entramado social”.
Sin
embargo, independientemente de estas consideraciones, como lo señala Nelson, la
difusión y aceptación de normas y prohibiciones en términos alimentarios,
acaban alcanzando y haciendo sufrir a cada vez más personas (no sólo a los
varones, sino, por ejemplo, cada vez más a adolescentes y niños). La concepción
de la OMS de la obesidad como epidemia sugiere precisamente eso: que la
obesidad la puede sufrir cualquiera, independientemente de su género. Se trata
de un diagnóstico, cierto, pero que también puede operar como amenaza, con lo
cual volvemos a la paradoja de antes: la de una medicina que por un lado
prescribe la delgadez pero que luego se lava las manos con respecto a fenómenos
como la anorexia y la bulimia.
El
peso de las palabras: de vuelta a la reunión
¿Qué
se hace en las reuniones? Es simple: hay una moderadora que anota los nombres y
se encarga de dar la palabra a los participantes. Cada uno/a habla de su día,
de las dificultades que encontró, de su estado emocional y de cómo intentó
hacerse cargo de sí en las diferentes situaciones que enfrentó. Cada uno/a
explica la manera en que utilizó las consignas de los OA para atenderse y no
tener que comer compulsivamente. Cada uno/a habla sobre sí, sin dar consejos ni
prédicas redentoras. ¿Es eso todo lo que hacen los OA, hablar?
Si.
Bárbara comenta sobre su temor a las fiestas y a enfrentar las desaforadas
comilonas colectivas de fin de año. Ana dice que está convencida de que si no
se acepta gorda, nada le garantiza que algún día se logre aceptar si llega a
estar delgada. Lucía cuenta que logró seguir el plan de alimentación que se
había escrito para sí misma al levantarse en la mañana. Alguien habla de sus
desencuentros con un guardia de seguridad y de cómo logró manejar la situación
sin tener que atiborrarse luego de comida. Julia refiere sus dificultades para
manejar el ruido nervioso del vecindario sin dulces ni atracones. Mariana dice
que no sabe muy bien si cree en Dios o no, pero que al menos sabe que al
asistir al grupo ya no se siente tan sola.
Y
ese que está sentado ahí, soy yo.
—Camilo,
sobre un tiempo de la reunión. ¿Querés decirnos algo?
No
dije nada.
¿Eso
es todo lo que hacen los OA, hablar? Sí. Pero es que las palabras también
tienen su propio peso.
Nota
aclaratoria
Los
nombres utilizados en esta crónica, a petición de los entrevistados, han sido
cambiados para preservar su anonimato. Los entrevistados han solicitado,
además, que la presente nota consigne que los grupos de OA son libres,
gratuitos y confidenciales. Para más información sobre los grupos de OA a nivel
mundial visítese www.oa.org o, en castellano, espanol.oa.org
Camilo Retana
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Los virajes de Walsh
Lo primero que impacta de El violento oficio de escribir, prolija y documentada
recopilación de artículos periodísticos de Rodolfo Walsh a cargo de Daniel Link
es la amplia y diferente temática que el escritor desarrolló, siempre con un
estilo literario muy pulido y siempre meticulosamente
documentado. El libro está ordenado en forma cronológica, lo que permite seguir el derrotero ideológico de Walsh y
tener algunas claves para entender las razones de su compromiso político.
Hacia 1944 Rodolfo Walsh trabajaba como corrector de
pruebas y traductor de novelas policiales para la Editorial Hachette de Buenos
Aires. En 1953 compiló la antología Diez cuentos policiales argentinos, y publicó Variaciones en rojo, su primer libro, de
cuentos policiales. A partir de 1951 ingresó en el periodismo.
Comenzó en las revistas Leoplán y Vea y
Lea. La primera crónica
recopilada es sobre el escritor estadounidense Ambrose Bierce y su misteriosa muerte, como un
ejemplo de las notas sobre literatura y escritores que Walsh escribía para la
revista Leoplán entre 1953 y 1955. A
partir de la Revolución Libertadora, a la que adhiere por algunos años,
comienza con temas de interés general en la misma revista. Ejemplo de esta
adhesión es la crónica elegíaca sobre el
piloto de la aviación naval Eduardo Estivariz, camarada de armas de Carlos, el hermano de
Walsh, que cae combatiendo a las tropas leales a Perón cerca de Bahía Blanca.
En 1956, cuando en un café de La Plata alguien le dice:
"Hay un fusilado que vive" la frase desata en Walsh su inagotable
afán investigativo. Le atrae como periodista la existencia de un fusilado, le atrae
la posibilidad de convertirse en un periodista-detective Los descubrimientos
que va haciendo son como intersticios por los cuales se iba filtrando un rayo
de luz en su conciencia, que todavía no comprendía el drama social y la lucha de
clases que se estaba produciendo en la República Argentina. Es el punto de quiebre en el que
comienza su viraje político y el compromiso social que ya no abandonará.
A partir de la crónica “ Yo también fui un fusilado” , donde
cuenta la historia del obrero Juan Carlos Livraga, uno de los sobrevivientes de
la masacre de los basurales de José León Suárez en junio de 1956, Walsh cambia
su prosa. Es la primera de una serie que publicó durante los primeros meses de
1957 en la revista Revolución Nacional, y fueron el embrión de lo que iba a ser el libro Operación
Masacre. La crudeza con que va
describiendo las escenas de los fusilamientos, la contundencia de las pruebas y
testimonios, la condena al accionar de la policía bonaerense, van dejando atrás
al Walsh de las crónicas literarias.
Algunos de sus artículos “pasatistas”, que publica el Leoplán hasta 1959, como “Lenguaje universal cifrado”, “El fin de
los dirigibles” o “Los métodos del FBI”, los firma, quizás por pudor, con el
seudónimo Daniel Hernández ( protagonista de su libro Variaciones
en rojo ). Viaja a Cuba en 1959
como enviado de Leoplán y se integra a la
agencia de noticias Prensa Latina, recién fundada a instancias del Che por
Jorge Masetti. Esta experiencia marca el otro viraje en la mirada de la
realidad de Walsh. A partir de aquí, todas sus crónicas, cualquiera sea el
tema, incluyen los padecimientos de los postergados del sistema.
De regreso a Buenos Aires, comienza a publicar en las
revistas Panorama, Adán y Georama. Los yerbatales paralizados de Misiones durante el gobierno
de Illia, mientras se importaba yerba de Brasil; el leprosario de la Isla del
Cerrito, con sus estrecheces económicas y las miserias y heroicidades de sus
internados; Carnaval
Caté, sobre el carnaval de
Corrientes, con sus fastuosos trajes y las rivalidades entre las comparsas en el medio de
la gran inundación del 66 y el drama de los evacuados; las ciudades fantasmas
del Chaco y Santa Fe tras la retirada de la tristemente recordada compañía inglesa
La Forestal, la industria de la carne en el barrio de Mataderos, la generación
de la energía eléctrica en Buenos Aires, son algunos ejemplos de esta nueva
mirada donde pone al desnudo las diferencias de clase de la sociedad y la
violencia económica del sistema. En todas ellas resuelve la contradicción
aparente entre crónica periodística y prosa literaria .En sus escritos están
los documentos, los datos duros, los testimonios, pero también está el paisaje,
las descripciones intimistas, es decir la pluma literaria aplicada al
periodismo.
Las crónicas de Walsh tienen un tratamiento tal que raramente
es el cronista el personaje central; sólo aparece cuando el relato lo necesita.
Los protagonistas son los hacheros, los cazadores del Iberá, el foguista del absurdo tren que recorre los pueblitos de
Corrientes. Una de las primeras crónicas desde Cuba, relata como Walsh descifra
un mensaje encriptado que permite descubrir los planes de invasión de EEUU a
Cuba, con aliados de países de Centroamérica.
A partir de su vinculación con la CGT de los Argentinos que
dirigía Raimundo Ongaro, donde Walsh dirige
el periódico de la organización, comienza a desvincularse de las notas de interés
general y se dedica exclusivamente al periodismo político en el diario La
Opinión, las revistas Primera
Plana y Extra y más tarde en el diario Noticias, vocero oficioso de la organización Montoneros, fundado entre
otros por Horacio Verbitsky y Miguel Bonasso.
En las crónicas destinadas al análisis de la lucha del
pueblo palestino, Walsh relata con crudeza el accionar de las fuerzas israelíes
contra las poblaciones civiles con el objetivo de desalojarlos de sus tierras y revela datos históricos fundamentales para la
comprensión de la problemática de Medio Oriente.
La recopilación cierra con la Carta Abierta de un escritor a
la Junta Militar del 24 de marzo de 1977, un día antes de su asesinato por
parte de un grupo de tareas de la Marina. Toda una paradoja. Walsh, que en su
juventud soñaba con ser piloto naval, termina emboscado y muerto por la
Armada.
Susy Estévez
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