martes, 5 de noviembre de 2013

Cecilia Pando vs Barcelona: "violaciones" y violaciones

            Mariano Lucano e Ingrid Beck, directores de Barcelona. Foto Leo Vaca (Infojús Noticias)

      Con la participación de dos esposas de represores de la dictadura como testigos de la querella, ayer se celebró la segunda audiencia del juicio que la defensora de genocidas Cecilia Pando le inició a la revista Barcelona a raíz de la contratapa de la edición 193 que en un evidente fotomontaje mostraba a la activista pro-dictadura atada al estilo bondage, una práctica sexual sadomasoquista. Los días previos a la salida de ese número, a principios de agosto del 2010, Pando se había encadenado al Edificio Libertador para reclamar por la “injusta detención” de militares procesados o juzgados por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico militar a quienes considera presos políticos.Tres años después, Barcelona se enfrenta a un juicio por daños y perjuicios que tiene como tema central la libertad de expresión y los límites de la sátira y la parodia. El argumento de Pando es  que la imagen deben analizarse en el contexto de sus costumbres y las de su entorno familiar y que la contratapa es una imagen “pornográfica” que va en contra de su estilo de vida.
En la sala de espera ( pequeñísima, incómoda ) del juzgado se encontraban quienes iban a ser los testigos por parte de Barcelona: el doctor Damián Loreti, abogado especializado en medios de comunicación, integrante del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), quien fue, entre otros antecedentes, corredactor de la Ley de Medios, y Eduardo Blanco, periodista de la revista.
Alrededor de las 9 comenzó la audiencia. Estaban presentes Cecilia Pando, su abogada Cecilia Andrea Palomas Alarcón, el abogado defensor de Barcelona, Pablo Jacoby, la periodista de INFOJUS, Ximena Tordini y los directores de  Barcelona, Ingrid Beck y Mariano Lucano. Ante la pregunta de Jacoby pidiendo la opinión de Loreti, Palomas Alarcón intentó impugnarlo con una chicana, preguntando porqué se le pedía la opinión. Ante la reformulación de la pregunta, mencionándolo como experto en medios de comunicación, Loreti sacó a relucir su extensa experiencia y dejó  a la abogada de Pando sin argumentos. Explicó que los contenidos de Barcelona , y muy particularmente la contratapa cuestionada, se enmarcan en los conceptos de sátira y parodia, y que éstos son recursos críticos utilizados por los medios de comunicación. Todas las preguntas giraron alrededor de las características de Barcelona y de antecedentes similares en el país y en el exterior. La jueza, Susana Návoli, actuaba de manera distendida y de tanto en tanto bromeaba con los participantes
A continuación era el turno de las testigos de la demandante. No fue posible presenciar sus declaraciones, ya que manifestaron que “ afectarían la intimidad de Pando” por lo cual no permitieron el ingreso de los periodistas a la sala. Bajo estas condiciones declararon Ana Delia Magi –esposa del represor  Ernesto ”Nabo” Barreiro, conocido como el jefe de los torturadores del campo de concentración La Perla, situado en la provincia de Córdoba, donde entre 1976 y 1979 fueron asesinadas más de 2.500 personas y que está siendo juzgado por torturas y fusilamientos y Patricia Isabel Mauriño –esposa de Rafael Barreiro, otro represor que fue condenado a cadena perpetua en Corrientes acusado por los delitos de asociación ilícita, secuestros y privación ilegítima de la libertad agravada–.   Fue en aquel juicio que Pando le gritó al entonces secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde: "Me voy a encargar yo de hacerte mierda" y lo amenazó con el gesto de llevarse la mano a la garganta, como si fuera un cuchillo. Mauriño fue una de las mujeres que se encadenó junto con Pando al Edificio Libertador en 2010.
Esta cronista pudo enterarse por  Ingrid Beck que las declaraciones de Magi y Mauriño  fueron similares a las de la testigo de la primera audiencia, en sintonía con los fundamentos de la demanda. Básicamente, ambas dijeron que la sociedad debe entender que Cecilia es una madre de familia numerosa y honesta y que esa publicación la trastornó y avergonzó, tanto a ella como a sus hijos. Algunas declaraciones de Magi son rayanas con el grotesco: describir la contratapa de Barcelona es para ella, como "describir una violación". Es curioso, porque en la Megacausa de La Perla las ex detenidas-desaparecidas Patricia Astelarra y Susana Sartre, entre otras, describieron ante la Justicia cómo habían sido violadas en el centro clandestino de detención donde trabajaba de torturador en jefe el esposo de Magi, y al leer o escuchar sus testimonios no parece que una contratapa de Barcelona y una violación fueran lo mismo. A Magi también le pareció que el título "Sacá al genocida que hay en vos" era una "incitación a la violencia".
Mientras Magi y Mauriño declaraban estuvimos junto a otras mujeres amigas de Pando. Rubias, prolijas, delgadas, sin ostentación. Educadas, amables. Nada hay en ellas que pueda revelar su historia personal al lado de los asesinos. Impresiona verlas así, tan tranquilas.
Luego fue el turno de Eduardo Blanco, quien en sus respuestas marcó hasta qué punto están instaladas mundialmente –y en particular en la Argentina–  las revistas de carácter satírico como Barcelona. Blanco opinó que la tapa en cuestión estaba en línea con las características de la revista. Ante las preguntas de la abogada Palomas Alarcón, Blanco aclaró que no había en la contratapa un mensaje pornográfico ni se atacó la figura de Pando como mujer. Palomas formuló una pregunta llamativa, por lo mal intencionada y fuera de contexto, acerca de si Blanco conocía el caso del coronel Larrabure,  (quien fuera secuestrado por el ERP en 1974). La pregunta parecía destinada a igualar el “caso Larrabure” con los delitos de lesa humanidad perpetrados por la dictadura, que son los que denuncia sistemáticamente la revista. Blanco declaró que sólo conocía algunos detalles.
Cecilia Pando, que estaba vestida con vaqueros y ropa sencilla, se mantuvo impasible durante la audiencia y al terminar saludó amablemente a todos, incluídos sus demandados. Toda una señora.
Antes del fallo en primera instancia, aún resta la etapa de pericias y alegato. Cecilia Pando pidió la realización de dos pericias: una psicológica, para detallar cómo la afectó la publicación de un fotomontaje con su rostro; la otra, contable, para conocer el estado de las finanzas de la revista Barcelona. Luego cada parte hará sus alegatos. Después, Pando y los integrantes de Barcelona esperarán la sentencia, que, se estima, será dictada a principios de 2014.

Susy Estévez

Un cuadro obrero (Néstor Pitrola)




La escena
Frente a la fábrica de chimeneas mudas, obreros y policías de a caballo que llegan en tropel, están a punto de trenzarse en desigual querella. Adentro del rancho con paredes de adobe la mujer de pechos magros amamanta al crío. El hombre planta el puño cerrado sobre aquella mesa de madera bruta, mesa en la que comen cuando hay comida y donde trabajan cuando hay trabajo. El hombre aprieta el trapo a guisa de cortina; cuando el hombre se ponga de pie la silla irremediablemente se irá al suelo. Sobre la mesa, hay un hachuela y dos cortafierros inútiles. Entra la luz de la primera mañana. En el cielo hay nubarrones. El hombre se muerde el grito, que revienta en las venas de sus manos fuertes, en los músculos tensos en su cuello hartado. La mujer se encorva protegiendo al crío. ¿Saldrá a pelear el hombre?
Me quedo mirando un rato más “Sin pan y sin trabajo”, el óleo que Enrique de la Cárcova pintara entre 1892 y 1893, una de las piezas más representativas del realismo pictórico argentino y que forma parte de la colección permanente del Museo Nacional de Bellas Artes. Es un cuadro que domina aquella pared de la Sala 24, al que cuesta mucho encontrarle la pincelada pese de los empastes y los contrastes, y que hemos visto miles de veces hasta en los planos de un noticiero televisivo. Los pintores del realismo (de la Cárcova, Eduardo Schiaffino, Eduardo Sívori, Francisco Cafferata, esos de la Sala 24) absorbieron en Europa e incitados por el Estado, los cambios sociales producidos por la industrialización, la urbanización y las ideologías de tipo progresista, esas que nos llevarían a ser una nación civilizada.
El elegido
     Viernes. Me despierto sobresaltado. Alerta meteorológico. Lo dicen por Radio 10, la radio que escuchan en la fabricucha de unidades ópticas de al lado, donde tienen clavado el dial desde mucho antes que Longobardi se pasara a Mitre. También me despierto porque suena el teléfono. Llega un mensaje. Son las 7.55. El mensaje dice Hola Carlos, Néstor te puede recibir hoy a las 17.30 para la entrevista. Avisame si estás de acuerdo. Un beso. Ayer quedamos con Agustina, del área prensa del Partido Obrero, que a primera hora nos pondríamos de acuerdo sobre dónde y cuándo me encontraría con Néstor Pitrola. El encuentro será en la sede del Partido Obrero en Balvanera. Pienso en la tormenta, en que siempre que llovió, paró. Y se larga a llover, fuerte, aunque no trágicamente.
Mientras viajo a Capital descubro que entre Lanús y Avellaneda hay más afiches del Frente de Izquierda y los Trabajadores que los que recordaba durante la época de campaña. El Frente de Izquierda y los Trabajadores consiguió, en las elecciones del 27 de octubre, el 6,40% de los votos a diputados en todo el país, obteniendo dos bancas (una para Pitrola en la provincia de Buenos Aires, otra para Nicolás del Caño en Mendoza) y una más como Partido Obrero en Salta (cuyo candidato, Pablo López, resultó ganador en la capital provincial con el 28,39% de los votos). Y durante el almuerzo me desayuno con que en algunos distritos como La Plata, el FIT sacó el 8,03% de los votos, y que en otros como José C. Paz o Malvinas Argentinas quedó tercero detrás de Insaurralde y delante de Stolbizer y De Narváez. Siempre pasa lo mismo, uno ve la noticia cuando otro se la muestra quizás porque no sepa cómo descubrirla, o no tenga interés en conocerla. Y en la calle se me da vuelta el paraguas.
–Más te debería llamar la atención –dice Pitrola– el 8,06 en Bahía Blanca y el 8,15 a concejal en el Tres de Febrero de Curto. Se votó un programa, una crítica por izquierda al kirchnerismo y a los barones del PJ, porque en una década entera hemos refutado al kirchnerismo como un régimen que prolongó la privatización, el repago de la deuda externa, la flexibilidad laboral y la desigualdad social incluso en el interior de la clase obrera.
Su despacho tiene paredes blancas, sin objetos colgados, donde hay un escritorio, una computadora y algunos estantes. Pitrola (cordobés, 61 años, casado, dos hijos) tiene la misma pinta de militante que los militantes que, mientras espero para hacer la entrevista, me miran escrutadores en el hall de aquel petit hotel con pisos transitados que es la sede del partido. Y aunque Pitrola está resfriado, emerge cuando se trata de hablar de política.
–Se votó un concepto que desarrollamos fuertemente en la campaña –continúa–, y que se refleja en la clase obrera industrial sindicalizada y en la juventud: que el final de la crisis no sea un ajuste al bolsillo popular. La crisis capitalista mundial plantea la crisis de los partidos que gobernaron desde la Segunda Guerra a la fecha, y la Argentina no escapa a esa situación. La conquista política de las masas por supuesto es parte de una lucha, es parte de un desarrollo, y es parte de la maduración de la conciencia popular.
Pitrola, dirigente estudiantil durante el Cordobazo, secretario general adjunto de la Federación Gráfica, organizador del Polo Obrero (la corriente piquetera orientada por el PO), cruza con su acción política los últimos 45 años de la historia argentina. Tanto él como su partido y el frente que reúne otras fuerzas de la izquierda dura, no surgieron a la consideración pública con estos resultados electorales. Hay trazas que los ejemplifican para quien les preste atención y que ya son parte del paisaje. Por ejemplo, al otro día del reportaje voy a La Plata para buscar alguna voz militante por este tema de las elecciones; para llegar a La Plata en tren desde Lanús hay que hacer trasbordo en la estación Avellaneda. Allí, en un poste frente al andén del ramal diésel que lleva a la capital provincial, hay un stencil con la foto de un muchacho con barba y una leyenda que dice Mariano Ferreyra presente. Mariano Ferreyra, uno de esos tantos militantes que pasan por la sede del Partido Obrero, fue asesinado de un disparo el 20 de octubre de 2010 durante una protesta por el pase a la planta permanente de trabajadores tercerizados en el ferrocarril Roca. Mariano fue asesinado no muy lejos del andén, y en el hall de la estación fueron asesinados también Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, hace once años, en circunstancias parecidas aunque en contextos diferentes. O también esas trazas aparecen, indirectamente, en los buscavidas que se bajan entre Berazategui y City Bell y que a las cuatro de la tarde, de tanto tomar y tanto fumar en el furgón, ya son fuego consumido.
–El resultado en La Plata es todo militancia –me asegura con firmeza Laura Kohn, candidata a concejal del FIT, durante una marcha en protesta por la falta de respuestas al reclamo de los damnificados por las inundaciones que el 2 de abril dejaron tantos muertos que aún hoy se desconfía cuántos son. – Y es todo militancia porque fue una rebelión popular a través de las urnas. Y hay un dato interesante: la juventud no es peronista. Que Néstor haya llegado a la banca de diputado es importante porque él es un cuadro obrero. Él es un cuadro lejano, quizás, de cuadros que pueden venir de la universidad. Su desarrollo como líder revolucionario tiene la importancia sustancial de demostrarnos a los que luchamos desde hace muchos años que es posible, que el movimiento obrero se eleve políticamente.
El cuadro
Mi viejo, viejo peronista, decía que la izquierda era romántica, y se fue antes de ver el pragmatismo menemista. Y esa imagen de un posible romanticismo político, el de la libertad guiando al pueblo como en el cuadro de Eugene Delacroix, me lleva a preguntarle a Néstor Pitrola si es posible un gobierno trotskista en esta Argentina que vivimos.
–El punto es que la izquierda anticapitalista tiene su hora –sigue–. Nos anotamos como superación histórica del peronismo, el gran problema político de la Argentina que esta elección ha puesto fuertemente de manifiesto. Preparamos a los trabajadores para ser ellos mismos alternativa de poder. Ninguna fuerza política disputa con el peronismo en los sindicatos como nosotros, lo mismo que ninguna fuerza política disputa como nosotros en el movimiento estudiantil. No pretendemos ser un color en el parlamento, y los personalismos los superamos con la organización colectiva de la política de nuestro partido. Me parece que en ese aspecto estamos haciendo camino con nuestro andar.
Si hay que referirse a un nuevo andar, Pitrola explica que la suya será una banca rotativa: un año y medio estará él, un año y medio Myriam Bregman (del Partido de los Trabajadores Socialistas) y un año Juan Carlos Giordano, de Izquierda Socialista, quienes lo secundaban en la lista. Es un detalle que causa extrañeza pero que ya está en práctica en Córdoba y Neuquén. Más que una novedad revolucionaria es la construcción colectiva de la cual habla con orgullo militante y mirada vigorosa. Y en esa construcción colectiva uno se imagina otras imágenes posibles, cuadros que a lo mejor grafiquen qué cosa fue la Argentina para las generaciones que habiten este suelo dentro de cien, doscientos años, o más allá, en el recuerdo constante de algún museo.


Carlos Diviesti

Apropiarse de la crónica, viviéndola


El 6 de febrero de 1999, Víctor Manuel “El Frente” Vital fue acribillado por la policía. Tirado abajo de la mesa de un rancho gritaba que no tiren, que se entregaba. El plomo policial le destruyó la cara. Así murió el último pibe chorro “con código”. Así nace la leyenda del ídolo pagano al que se encomendarán las siguientes camadas de ladrones ofrendándole birra y porro para que este nuevo santito desvíe las balas de la cana. Acá inicia Cristian Alarcon lo que serán dos años de visitar y vivir la vida de la gente del tercer cordón suburbano. “Me sumergí en otro tipo de lenguaje y de tiempo”, dirá. A través de este fusilado por la “justicia” el cronista hará una autopsia de la clase media.
El nombre del pibito chorro canonizado por la gente fue lo que le permitió entrar al territorio a Cristian Alarcon. Es que el “Frente” Vital era muy querido. Se caracterizó por repartir lo que obtenía del robo entre la gente de su zona. Durante el relato, la gorra se mostrará traicionera, mafiosa y deshonesta. El que habla es el Cristian Alarcón de la villa. Parando en la esquina, viendo como la jarra con ropi (alcohol con pastillas rohypnol) pega la vuelta. Comiendo las pocas milanesas que había en la casa. Así se fue metiendo en las vidas y las historias de `la San Fernando`, un lugar que “desde afuera parece barrio pero adentro es puro pasillo”. Así fue conociendo los laberintos que usan los ladrones que ahí viven para perderle el rastro a los cazadores de la Federal. Pero la yuta no es el único enemigo, también están los transas. Javi, quién desde la última vez que salió de la cárcel trabaja como cartonero, sentencia: “A los transas no se les tiene ningún respeto. Ellos, que podrían hacer la plata robando, poniendo caño, se quedan ahí vendiendo porquería que le arruina la vida a la gente”. En el libro, Alarcón presentará al difunto “Frente” Vital como el último pibe chorro con “código”: eso significa que lo que roba lo comparte, que no le roba a la gente de su barrio, que respeta a sus mayores y a sus referentes en el delito. Significa que no es “un atrevido”.
La cárcel, el calabozo, los reformatorios, los institutos de menores, los juzgados son los otros hábitat de los entrevistados. En ellos van a ranchar con el más poronga (quedar bajo la protección de algún capo) y tomar pajarito (un alcohol hecho con la fermentación de la tinta de los diarios). Afuera estarán las familias que en un principio sufrieron por la elección de su cría y con las “entradas” aprendieron lenguaje y estrategia legales, le tomaron bronca a la yuta y como Sabina Sotello, la madre del “frente” Vital, se volverán referentes de las primerizas en esto de ser madre de pibe chorro.
Los rituales de la villa tendrán varios templos. Uno será el boliche “Tropitango” donde la cumbia quebrará caderas y fundirá pasiones de esas que duelen. Y duelen porque las pibas cuando las cagan, cagan a trompadas. El otro templo será el rancho de Magda, la mae umbanda. Cristian Alarcón no solo presenciará estos rituales, sino que será aconsejado por “la africana”, la entidad que posee a esta madre de chorros haciéndola hablar un raro portuñol. Habrá pedidos de material para ofrendar (en su mayoría robado) Magda aclara que trabaja con fuerzas “blancas”.

El libro nos para en la otra vereda, la que no está asfaltada. El acierto del cronista es que no solo cuenta sino que vive, acompaña, llora las muertes y llega a tener miedo cuando junto al fotógrafo tienen que refugiarse de una balacera. Los muestra no como pibes chorros sino como humanos que aman, sufren, zafan, se rescatan, consumen y mueren. Esta es una historia de Robin Hoods con llantas (zapatillas), chaleco y chomba de punta en blanco. Terminada la lectura me siento más cercano a ese “otro mundo”. Ahora tendré que ver qué voy a pensar la próxima vez que me metan caño: si estoy ante un “pibe chorro arruinado por la realidad social” o ante un “pendejo de mierda que ojalá lo mate la cana”.

Lucas Gutiérrez

domingo, 3 de noviembre de 2013

Antes y después de Mariano Ferreyra



El 20 de Octubre del 2010 Mariano Ferreyra, dirigente del Partido Obrero de 23 años de edad fue asesinado de un tiro por una patota del sindicato Unión Ferroviaria. En ¿Quién Mató a Mariano Ferreyra? Diego Rojas reconstruye detalladamente la jornada de protesta de los tercerizados y el enfrentamiento con la patota instigada y organizada por el propio secretario general de la U.F., José Pedraza. El libro alterna sucesivamente los testimonios dolorosos de familiares y compañeros de militancia de Mariano con el relato de una lucha callejera denodada contra un enemigo poderoso, sindicalistas guiados por barras bravas profesionales y una policía cómplice. Entre los dos se asienta la dimensión creciente de la tragedia que ocupa en el libro. Uno es el estilo de la crónica exhaustiva de los hechos; la otra, la palabra amorosa de quienes perdieron a alguien que era una parte importante de sus vidas, dando lugar al hiato entre las circunstancias omnipotentes y fatídicas de un país y los anhelos y penas de sus habitantes.
La carga de la historia de una parte importante del gremialismo es pesada: incluye a la derecha peronista asumiendo el control de la CGT; su complicidad con los gobiernos de facto, primero el de Onganía y más tarde con los que seguirían al golpe del 76; su asociación con los impulsores de la flexibilización laboral en los 90' –que en muchos casos transformaría a los dirigentes sindicales en empresarios–  hasta nuestros días, donde a todas luces los sindicatos legales han establecido un pacto con el régimen de gobierno para conservar sus privilegios.
Cuando Rojas completa el relato del enfrentamiento, le da lugar a una entrevista nada menos que con Pedraza, quién sería más tarde condenado y encarcelado. Las respuestas de Pedraza forman parte de una obvia estrategia de defensa, pero también dan cuenta de una visión, desde la cual “los zurdos” fueron los instigadores del conflicto por organizar la lucha por fuera de los canales normales del sindicato, mientras que la patota era un grupo de buenos muchachos organizados para defender legítimamente sus fuentes de trabajo. A continuación el diálogo con la fiscal Cristina Camaño revela los fundamentos por los cuales se encontró que había sido un ataque, del cual el secretario general era responsable intelectual. La argumentación cauta de la fiscal en tiempos en que todavía no se había expedido la justicia no logra cerrar los interrogantes posibles.
Diego Rojas titula a la manera de Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo? (donde Walsh demuestra que el sindicalista Rosendo García fue asesinado por el poderoso burócrata de la Unión Obrera Metalúrgica Augusto Timoteo Vandor), y quiere que sepamos que no es casual, que la única manera de que la pérdida no sea en vano es que la sociedad tome conciencia de la necesidad de los trabajadores de recuperar las organizaciones sindicales. Esa sería la respuesta a tanta desesperanza, tanto por la ausencia de Mariano como por la historia de un país donde el sindicalismo oficial es parte del problema desde hace al menos 45 años.


Tomás Amans

jueves, 31 de octubre de 2013

Tráfico de promesas


El fútbol , casi  una religión planetaria, congrega a  centenas de millones de aficionados, los que constituyen la base, sabiéndolo o no, del impresionante negocio en que se ha transformado este maravilloso deporte.Atrás de cada grito de gol, de las  puteadas a los jugadores y/o a los árbitros, se mueven los intereses de los que lucran con esta pasión. El periodista chileno Juan Pablo Meneses encara, en ese contexto, la problemática de los niños futbolistas, uno de los negocios del fútbol internacional con la mejor tasa de retorno.
Su periplo para encontrar un niño-futuro crack lo lleva a los principales países-semillero de futbolistas. Perú, Chile, Ecuador, México, Argentina  y Brasil son las paradas obligatorias en esta búsqueda de un producto para Europa. Salvo excepciones, el escenario donde los encuentra son los barrios más pobres y peligrosos . Porque allí residen los pibes, chavales, chavos, crianças y sus familias, que sueñan con salir de pobres con el éxito del niño, quienes se desvelan imaginando que lucirá la camiseta del Barcelona, Real Madrid el Inter o el Juventus. El Barcelona está en la mayoría de las bocas de los miles de chicos que se agotan en interminables entrenamientos  y partidos en las calles de tierra de villas miseria, cantegriles, favelas o callampas. Mientras corren atrás de la pelota en busca del arco contrario, sueñan con hacer realidad la fantasía de los brazos abiertos en el medio del Camp Nou con la multitud vitoreando su nombre y el regreso triunfal al pueblo natal, con los euros suficientes para comprarle la casa a la madre y llenarle la heladera a toda la familia.
Varios son los  protagonistas de este entramado.  Meneses reportea a los niños–promesa; observa a las abuelas y madres que cada día los acompañan a los duros entrenamientos. Devela la miseria y los peligros que rodean a las familias en esos barrios donde campean la droga y la delincuencia.Descubre a los padres que acompañan, pero también presionan y chantajean a sus propios hijos para que cumplan con el sueño que les ha sido asignado: ser la salvación de la familia. Visita las academias de formación y los clubes. Muestra la inocencia y/o el interés genuino de algunos padres y dirigentes en el desarrollo de sus protegidos, asi como las presiones que ejercen los  ”cazatalentos”  que están en el negocio, para que les cedan los derechos de transferencia que permitirán manejar la vida de los que  vislumbran como promesas.
Alguno de esos promotores le aconseja a Meneses que no se encariñe con el niño que elija para comprar. Que apenas lo mande a Europa a probarse al club que lo haya aceptado y cobre su comisión, se olvide de él. Que se olvide, pues muchos de los niños que fichan los clubes, viajan solos y cuando no responden  terminan abandonados en Europa, conchabados en trabajos basura o delinquiendo para sobrevivir. Toda esta maniobra sobre un pequeño, sumado a que hasta su pasaporte queda en manos de un representante,  perfectamente podría configurarse como un delito de trata de personas y tráfico de menores.
El autor entrevista a Guillermo Cóppola, el ex -”representante de Dios”  como se autodenomina, para que lo aconseje sobre las características que debe observar en un futuro crack. Tiene que ser encarador en general y particularmente con las mujeres, puntualiza Còppola, antes de describir todo el panorama glamoroso del jet set futbolístico que pudo recorrer gracias a Diego Maradona.
Ese es el otro mundo anhelado por los niños futbolistas: tener a las modelos que ven en las revistas alrededor de ellos. Ser como los ídolos que aparecen fotografiados en las mejores playas del mundo, abrazados a esas minas inalcanzables. Llevarlas en el descapotable último modelo y entrar con ellas a la mansión que se hicieron construir en los barrios más caros de sus ciudades natales. Meneses nos pasea por Medellín, donde Pablo Escobar Gaviria “el rey de la cocaína”, fanático del fútbol,  logró en1989 que un equipo de Colombia, el Atlético Nacional patrocinado por él, ganara  la copa Libertadores de América. El propio Escobar se encargó de llevar el trofeo. Otras cosas le agradecen los pobres de Medellín. Haber construido barrios enteros para los sin techo, así como haber poblado de  canchas iluminadas la ciudad.
Uno de los capítulos del libo está dedicado a Rosario, el  de Fontanarrosa, el del bar El Cairo, con el fanatismo futbolero que despiertan los canallas de Rosario Central  o los leprosos rojinegros del Loco Bielsa. Aquí le ofrecen a dos chicos tobas de un barrio pobre de la ciudad. En esta descorazonadora realidad, aparece una excepción. En Jesús María, provincia de Córdoba, está el Club Social Atlético y Deportivo Che Guevara, donde las familias organizan cada fin de semana una comida comunitaria, mientras sus hijos juegan al fútbol. Cuando Meneses le plantea su interés por algún niño a la  presidenta del club, Mónica Nielsen, ella le aclara que el objetivo de desarrollar la actividad es que de su seno salga el Hombre Nuevo, es decir, los líderes para el cambio social, no promover luminarias. No están dispuestos a sacrificar un solo niño estrella, para mantener a doscientos. Y pelean entre todos para que el Intendente les ceda un espacio para construir su propia cancha.
Meneses recuenta los intentos formales de la Fifa, la Conmebol, el Brasil de Lula para regular el tráfico de niños futbolistas, demostrando con datos concretos, la inutilidad de las reglamentaciones acordadas. Ya en 1999 el partido Verde de Italia denunciaba que el 57% de los niños que llegaban a jugar futbol tenían menos de doce años. Pero el negocio que implica acomprar un niño por doscientos dólares y transferirlo por cifras cercanas al millón, es más fuerte que la ley.
Los concursos patrocinadas por los grandes clubes y las firmas de ropa deportiva, con jurados de famosos futbolistas, donde  miles de niños, en solitario o en equipos, compiten para llegar a una prueba en un club europeo con todo pago, son en realidad, una gran operación de rastrillaje para cooptar a los mejores. La formación y selección de estos chicos es uno de los principales objetivos  de los clubes europeos, como el FC Barcelona, que formó una sociedad con Boca Juniors para entrenarlos y llevarse a los elegidos. Así como sucede en la economía mundial, el negocio del fútbol y en particular el de los niños futbolistas se concentra  cada vez más, mientras en el mundo la mayoría de los niños siguen siendo pobres y también siguen siendo  pobres la inmensa mayoría de los niños futbolistas.

Susy Estévez


Cómplice del tiempo


Enrique Raab no nació en Argentina, pero lo desaparecieron acá. Le robaron el tiempo.  Todo el que tenía por delante: tachado. A él, que trabajaba con el tiempo. Que lo hacía suyo y de otros. Que lo narraba.
Escribo este artículo el día dónde  se “festejan” treinta años de democracia. Releo las Crónicas Ejemplares de Raab a exactamente  tres décadas del final del horror que le dio muerte. No es posible evadir cierta perplejidad al encontrar en sus crónicas una fotografía de la sociedad antes del horror. Así lo entendió también Ana Basualdo al subtitular el libro que compila: Diez años de periodismo antes del horror. El tiempo y sus números insistentes rodean la lectura: diez años antes, treinta años después.
¿A dónde nos conducen los escritos de Raab hoy? ¿Qué nos dicen acerca de nuestro tiempo? Más allá de la nostalgia de preciosismo y  precisión con que escribe, traza en el lector vectores de tiempo no lineales sino circulares. Sus crónicas van desde la pintura de la Revolución de los Claveles en Portugal hasta el casino de Mar del Plata. Del teatro de Ibsen al cine de Favio. De Porcelandia a Roa Bastos o Borges. No nos priva del estremecedor relato de la Plaza de Mayo dónde se escuchó: “No queremos carnaval, asamblea popular”. Enrique Raab nos aleja con su escritura de las mentirosas líneas de tiempo para pensar los movimientos sociales como un entramado de símbolos en disputa. Las imágenes que decide rescatar de Plaza de Mayo tanto en su crónica de octubre del 73 como en las de mayo del 74 y junio del 75 son un  ejemplo de esa lucha simbólica y política.
Cada crónica de Raab es un guiño del tiempo a su pluma. Una pluma que baila al compás de la cultura de los años 70. Como los granos de arena de un reloj,  sus crónicas se van acumulando en la montaña de la historia que hoy se intenta reconstruir sin tanta honestidad como la que él profesaba.
Ana Basualdo escribe un prólogo abierto a las voces de quienes conocieron a Raab, emulando cierto tono del cine documental.  Su curaduría es circular también. El libro está divido temática y no cronológicamente: Portugal, Mar del Plata, Punta del Este, Plaza de Mayo, Posadas, Ciudad y cultura, Tres escenas porteñas, Libros, Cine, Teatro, Televisión, Tita Merello, Manuel Mujica Lainez y Bertrand Russell, son los capítulos.
Hay que agregar algo que, infiero, le sorprendería a Raab. Sus crónicas respetan intelectualmente al lector. Nunca permite que uno  de sus escritos no sea profundo. En la crónica titulada El Gran Porcel, perteneciente al capítulo Televisión, busca (como una aguja en un pajar) una idea o reflexión de Porcel acerca de su éxito, y encuentra, como él lo llama, un chispazo nada más. No pudiendo permitir que su crónica caiga en el mismo nivel del pensamiento del cómico, se hace de Breton para explicarlo y concluye con una reflexión acerca de la sociedad.

Enrique Raab nació en Viena. Llegó con su familia a la Argentina a los 6 años, huyendo de Hitler. Entre los que entienden de esto su nombre es sinónimo de la máxima lucidez periodística de las décadas de los 60 y 70. Sus restos no están ni acá ni en Austria ni en ningún lado. Raab está desaparecido. Su tiempo no, porque como buen cómplice nos devuelve estas crónicas para pensarnos hoy. Más que festejar este día, podríamos celebrar que Enrique Raab escribió y que hoy podemos leerlo.

Gabriela Borrelli Azara

miércoles, 30 de octubre de 2013

Fotos de la marcha








                                                                                                                   Nadia Murad

"3 acciones por un peso"



                                                                                      Gentileza Chiqui Ledesma

Desde unas cuadras antes del Congreso de la Nación, la ciudad era el mismo caos de siempre, o peor. Los automovilistas se puteaban desmesuradamente como cada día, e intentaban doblar todos a la vez para evitar la manifestación que ya se agolpaba frente a la cúpula. Los micros naranjas vomitaban jóvenes que cantaban y seguramente habían viajado desde el conurbano ataviados con remeras de las agrupaciones políticas a las que pertenecen y cargando banderas que, al bajar, montaban sobre cañas lo más altas posibles para darles mayor visibilidad. El humo que despedían los puestos de choripán dibujaba caprichosas siluetas fantasmales sobre el atardecer que ya caía sobre el edificio del Congreso, que parecía iluminado especialmente para la ocasión.

Los puestos Nac & Pop vendían –como pan caliente– pines, remeras y hasta almohandoncitos de dudosa utilidad con la cara de todos los íconos peronistas desde 1945 hasta ahora. Néstor Kirchner, Eva Perón y la misma Cristina flameaban convertidos en objetos del merchandising buscavida de cada marcha.

Pocas horas antes, los medios anunciaban que la Corte Suprema de Justicia había declarado la constitucionalidad de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual tras 4 años de su aprobación en el Congreso.  Por eso, los carteles artesanales ya se alzaban sobre las cabezas de sus portadores: “Vendo acciones de Clarín, 3 por 1 peso”, “Clarín LTA te metimos Paka Paka”, “Néstor vive”, “Fuerza Cristina”. La militancia se agolpaba junto al escenario ubicado frente a la entrada principal del Congreso o intentaba a pasar, a fuerza de pechazos, por entre los sueltos que siempre están un poco en babia. La charla preferida de los sueltos  era recurrente: los alcances a la ley, la posible letra chica que deje un espacio al Grupo Clarín para hacer una trampa y el rédito político del fallo; entre otros sesudos análisis. La monada de las organizaciones populares, por su parte, le metía voz y cuerpo a los cantitos e intentaba flirtear con otros y otras cumpas.

La voz de la locutora oficial cortó el murmullo reinante como un rayo, pero esta vez no iba a presentar a la Presidenta sino a Palo Pandolfo. El cantautor empezó a emitir un extraño y débil aullido que me hizo reprocharle íntimamente al supremo: “¿Por qué te llevaste a Pappo?”.  Más tarde fue el turno de Teresa Parodi y antes de que volviera a cuestionar  la temprana partida del Carpo, un militante de Nuevo Encuentro de traje y corbata se quejó:

–Tantos años de reclamar, la pobre Teresa no tiene ni una sola canción de festejo.

Luego fue el turno de personalidades del modesto calibre de Andrea del Boca que, con un sonido poco audible, dieron sus opiniones sobre la Ley. Minutos después, Martín Sabbatella, notablemente menos nervioso que en la audiencia en la que se enfrentó a Clarín –y seguramente más aliviado– se convirtió en el orador principal.

Por fin, los parlantes emitieron los primeros sones del Himno Nacional y las voces de los sueltos y los militantes con aguante se unieron en el “oh oh oh oh” que corea el interludio instrumental de la canción patria. Ahí se unificó la masa en un canto tan sabido como emocionante, casi como si lo cantara el mismísimo Norberto Napolitano.


Mariana Fossati

El Fin de la Ley de Medios


                                                                        Gentileza Chiqui Ledesma

La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (más conocida como “Ley de Medios) fue aprobada por el Congreso en 2009. El Grupo Clarín interpuso una medida cautelar y logró frenarla parcialmente desde entonces hasta el 29 de octubre, cuando la Corte Suprema de Justicia la declaró constitucional. Clarín objeta que la ley no se aplicó igualmente con otros grupos de medios y que, por lo tanto, no hay un parámetro sobre como opera la división de las licencias. ¿De qué no quiere desprenderse el Grupo Clarín?  Voy a la fuente. En su versión web, Clarín dice que los cuatro artículos cuestionados (41, 45, 48 y 161), por los cuales inició el proceso judicial, afectaban su libertad de expresión. En realidad, estos artículos regulan las transferencias de licencias y los plazos de aplicación de la Ley de Medios.
Para entender un poco más busco videos de Jorge Lanata del 2009. (Youtube: Lanata  ley de medios). Lanata explica que “tal empresa es dueña de tal” y así, mirando como relaciona una empresa con la otra, descubro que el Grupo Clarín tiene parte o totalidad de una enorme cantidad de medios de comunicación. Esto se llama “monopolio”. Lanata explica que TN, el canal de noticias de cable del Grupo no va a desaparecer por la Ley de Medios, como éste anuncia (anunciaba en 2009). La palabra “desaparecer” molesta al periodista, porque Lanata dice que mientras desaparecía gente por culpa de la dictadura que habilitó la Ley de Medios que estuvo vigente hasta 2009, el Grupo Clarín no sólo no decía nada, sino que se quedaba con Papel Prensa. En este video también me anoticio que el Grupo podría tener 24 señales, pero sólo una por localidad, es decir: debería sumar 23 señales con contenidos locales en las provincias del interior, o sea, trabajo a nivel nacional y descentralizado. Jorge Lanata (modelo 2009): volvé.
Luis D´Elia, a través de su cuenta de Twitter, convoca a una celebración frente al Congreso. Pronto empiezan a convocar también otros dirigentes y sectores del oficialismo. Allá voy. La gente de SATSAID (Sindicato argentino de televisión) cuelga banderas de los postes de la plaza. Federico, un técnico de DirecTv, me explica que ahora que Clarín tiene que deshacerse de las licencias que monopoliza, otras empresas podrán adquirirlas, y que así hablá más pluralismo ideológico. “¿No hay riesgo de despidos?”, le pregunto. “No, en diciembre se firmó una clausula que evita eso”. A medida que aparecen los manifestantes aparecen los vendedores de patys, prendedores y pines. Alicia vende 8 imanes a $10, me cuenta que va con su bolso a todas las marchas, que “se vende todo”. Después de hablar con 6-7-8, la cincuentona Marina habla conmigo. Es ama de casa: cuando se enteró de la noticia se largó a llorar, se ató la bandera a la espalda y se vino a la plaza. Sabrina anda por los veintipico y está disfrazada de urna. En su lomo tiene escrito “Yo no la voté, la puse en mi corazón” Con su papá vienen desde Avellaneda. Él me dice: “Esto es una inyección. Estábamos muy bajoneados con lo del domingo” (esas elecciones donde según Clarín el oficialismo fue derrotado, aunque en los números reales y nacionales, no parece haber sido así)
Una nena va en los hombros del padre con un cartel que dice “CLARIN LA TENES ADENTRO, TE PUSIMOS PAKA PAKA”, por ahí otro dice: “Acciones de Clarín 3x$1”;  hay gente que canta eso de que son “los soldados de Perón, del proyecto nacional y popular y que “Nestor no se fue”
Adentro de una confitería intercepto al ex canciller y legislador electo por la Caba Jorge Taiana para saber qué opina acerca del anuncio del Grupo Clarín de que apelaría ante tribunales internacionales. “Tienen derecho a hacer lo que crean oportuno, pero es muy claro que la Ley es constitucional y garantiza más voces y más democracia”, opina
La Plaza de los dos Congresos está llena. Hay banderas, festejos, cánticos, pirotecnia y claro, más patys. El palco se vuelve de músicos: Palo Pandolfo, Lito Vitale, Teresa Parodi.  El discurso de cierre queda a cargo del titular de Afsca (Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisuales), Martín Sabbatella: “en esta Argentina no se decide más en la oficina de un CEO de ninguna corporación”

La última frase que escucho en la Plaza es de Miguel Vidal, de Farco (Foro Argentino de Radios Comunitarias) Una periodista le dice: “Esperamos 4 años para que se apruebe esta ley” y él le responde: “Para que se apruebe esta ley, en democracia, esperamos 30 años”.

Lucas Gutiérrez

lunes, 28 de octubre de 2013

La crónica de un desencuentro: Sonia Budassi en busca de Carlos Tevez (o de cómo se las puede arreglar una escritora aplastada contra las vallas)





A través de un pulso sostenido en procura de usar solo las palabras justas Apache, de Sonia Budassi, traza la crónica de un desencuentro. La autora, en las antípodas de la biografía autorizada, nos acerca a la vida de Carlos Tevez a través de sus costados laterales: su lugar preferido del autobús, un viaje errático y secreto por la ciudad de Salto, sus botines blancos en medio de una práctica en la que el resto de futbolistas entrena con botines negros.

En medio de esa búsqueda por mostrar a un Tevez allende el cliché del futbolista-salido-de-la-Villa, la cronista elige un camino espinoso: acceder al futbolista por fuera de los circuitos periodísticos preestablecidos (léase conferencias de prensa, entrevistas patrocinadas, etc.). La apuesta es grande pero también la única posible: si se espera del futbolista respuestas no convencionales hay que llegar a él por vías no convencionales. Pero entonces, claro está, Budassi se estrella contra un cúmulo de evasivas. A saber: ninguneos del representante, colegas trepadores y las negativas del propio Tevez.  Sin embargo, ese panorama, que bien podría haber desalentado a algún cronista despistado, se convierte en el combustible del libro de Budassi. La autora, en efecto, hace de ese mundo repleto de códigos y sobreentendidos el sustrato de su investigación y convierte al Tevez acosado por la prensa y siempre en fuga de los micrófonos en el protagonista de su texto.

Acaso por esa razón, Apache se construye mediante escenas fragmentadas; voces que casi nunca son las del propio jugador, sino que por el contrario pertenecen las más de las veces a quienes lo rodean: sus amigos, los periodistas que le persiguen, su impresentable manager y algunos excompañeros del futbolista. El resultado es un texto polifónico que da a Tevez la palabra únicamente en momentos estratégicos aunque nunca para confirmar o negar categóricamente nada (un poco como si la cronista partiera de la convicción de que cada quien es en cierto sentido el conjunto de las versiones que sobre él existen).
                                       
Por ello, este libro es también un homenaje, en la medida en que muestra que allende los perversos engranajes del mundo publicitario, la mafia dirigencial y la abulia en la que el marketing pretende enterrar al fútbol, aún existen jugadores que hacen de su oficio un arte de ardorosa belleza. Pero de paso, Budassi también muestra que otro tanto es posible en el universo del periodismo deportivo, donde a pesar de la competencia, del machismo y la pregunta fácil, aún es factible hablar de un jugador como “un león desaforado, que vence la ley de gravedad, (…) dandy posmoderno [que] con los brazos en jarra, en medio de la cancha, con la pelota detenida, y aunque esté cansado, parece el dueño de la esquina que espera guapo a ver si alguien lo viene a increpar”.


Camilo Retana

El eco de la sangre

     


   El día que zarpa el vapor Wesser (ese que en  miniatura y con los mismos colores, puede verse hoy en el Museo Judío de Buenos Aires como un Mayflower de otras longitudes) un hombre viaja solo desde el puerto de Bremen con destino a estos cielos, un hombre grande pero no tanto; gordo, pero fornido; pobre, pero culto: David Lander. Carga un par de baúles, en contraste con el multitudinario equipaje de las 136 familias de judíos rusos que escapan de los pogromos zaristas tras el asesinato de Alejandro II (asesinato que le endilgan a los judíos, pero ¿son 136 las familias que viajan, o 104, u 88, o algo así como 129-130?), gente contratada para trabajar el campo en esta nueva y lejana nación. Parece que es un viaje tormentoso y para colmo, por cuestiones administrativas, las familias israelitas quedan tres días varadas en el puerto de Buenos Aires hasta que pueden bajar del barco. El 17 de agosto de 1889 pues, entre tantos ojos confundidos, David Lander pisa suelo argentino y observa el derredor con extrañada esperanza. Más tarde, en septiembre ya, luego de haber pasado frío en una precaria estación de tren santafesina y tras dormir en tiendas de campaña, el hambre común carcome las tripas y hay que salir a buscar galletn gambeteando al tifus e intentando seguir hacia el frente. Un gaucho se apiada de aquellas miradas doloridas; el gaucho les da galletn a los judíos y a cambio pide aquella muchacha de belleza inusual en estas pampas. El gaucho, que no intenta darse a entender, toma del brazo a la muchacha y la carga en la montura a la fuerza. Los hambrientos no comprenderán el idioma pero sí la afrenta: al instante rodean al gaucho y se arma la polvareda. El puñal, diestro, hace fintas en el aire y se hiende en el pecho del que está más cerca, de uno que recula azorado frente al mar de su propia sangre. El gaucho escapa pero la marea de indignados lo baja a golpes del caballo hasta hacerle musitar el sollozo. El judío herido, solo entre los suyos, es David Lander. David Lander, pues, es el primer judío muerto violentamente en estas tierras.
     Pero un momento: cosamos la herida de David Lander. Cuando Javier Sinay (autor de Los crímenes de Moisés Ville, una historia de gauchos y judíos) llega al cementerio de Moisés Ville para investigar unos crímenes producidos durante 1889 y 1906 en los alrededores de aquella colonia modelo, la tumba de David Lander no existe. Tampoco su nombre está registrado entre los recién llegados. ¿Existió David Lander? ¿Cómo fue el crimen de María Aliksenitzer o Alexenicer, la atravesó la flecha del malón o la destriparon luego de un acto inconfesable? ¿Y quiénes asesinaron bestialmente al almacenero Waisman y a su familia, incluido el bebé de días? Hay demasiadas lagunas en tierra seca y demasiada gente vieja que ya no recuerda los hechos. Hay un pueblo que fue pujante y hoy se resigna al paso lento del tiempo. Hay una asociación filantrópica cuyos integrantes se cuentan con los dedos de la mano. Hay un Barón que se queda sin dinero. Hay también, después, lejos del pueblo, un atentado que borra los detalles de la historia. Hay una lengua que se resiste a morir. Hay un periódico litografiado del que se perdieron ejemplares de sus tres números, Der Viderkol  (El eco), ese mismo que observa la virulencia con que la Jewish Company Association trata a los colonos, y que es el primer periódico judío en la Argentina. Hay un artículo de 1947 que hace el recuento de la sangre derramada, Las primeras víctimas judías en Moisés Ville, escrito en idish, hipérbole posible de otros crímenes. Hay un periodista que une todas esas puntas y que permite al cronista de hoy asomarse al abismo de una obra en (re) construcción: Mijl Hacohen Sinay, el bisabuelo desconocido del autor. Y hay en este libro un montaje maravilloso entre lo imposible del pasado y la vida cotidiana del presente, y una abuela Mañe que los domingos aún sirve el gefilte fish con zanahorias y ensaladas de todos los colores.


Carlos Diviesti 

La lapicera como ametralladora


“Viví en el monstruo y le conozco las entrañas.
Y mi honda es la de David”
José Martí, mayo de 1895

“Existen dos Cubas” dice Ricardo Jorge Masetti, el único periodista argentino que cubrió in situ la guerra de guerrillas comandada por Fidel Castro desde la Sierra Maestra durante los meses previos al derrocamiento de Fulgencio Batista y la toma del poder por parte de los revolucionarios cubanos.
El periodista y escritor -guerrillero después- enviado por Radio El Mundo para saber qué está pasando con esos locos barbudos que tiran tiros en la selva desembarca en la isla como enviado especial.  La Habana, obligada parada inicial, es la misma que puede verse en las escenas de El Padrino II: un paraíso caribeño celosamente custodiado por soldados que resguardan la fiesta del despilfarro de unos pocos cubanos y unos muchos gringos. Falsa identidad, falsa ocupación y falsas explicaciones para que Masetti pueda abrirse paso de puntillas hacia el oriente, desde donde se pondrá en contacto con integrantes del Movimiento 26 de julio que adentrarán al periodista en la sierra y en la realidad de los que no brindan con champagne en fastuosos cabarets.
Protagonista y espectador de un combate cruel entre un régimen despótico y cipayo y un pueblo ignorado y desposeído, Masetti atraviesa el interior cubano de la mano de guajiros, escopeteros y soldados rebeldes para lograr los reportajes al Che y Fidel que le piden desde Buenos Aires. Sin descuidar una prosa excelente y un oficio inspirador, el periodista se hace cada vez más militante de una causa que cree indispensable y necesaria.  Cada bala del ejército batistiano que atraviesa los bohíos contribuye a la convicción cada vez más fuerte de querer ser uno de “los que luchan” y no uno de “los que lloran”.
Cumple con su deber profesional consiguiendo los reportajes (emitidos en directo desde la radio rebelde instalada en la Sierra Maestra) y su tarea está cumplida: radioaficionados y emisoras de México y Venezuela habían asegurado la retransmisión a Buenos Aires. Vuelve a La Habana para retornar a la capital argentina, pero el material no había llegado.
De nuevo a la sierra,  ya no es el mismo Masetti. Y las largas caminatas ya no cansan tanto y la malanga ya no sabe tan feo y los guajiros y combatientes ya  no son desconocidos sino amigos entrañables. Se reencuentra con Guevara, con Fidel pero no con el joven Carlos Bastidas, joven periodista ecuatoriano, asesinado. Ni con Guillermito, que se suicidó luego de vaciar un cargador sobre las tropas oficiales de Sánchez Mosqueda. Ni con el turco Nassim, que había perdido a su hijo a manos de la metralla.
Por si el relato preciso y estremecedor de la cuba batistiana no alcanzara a que el lector comprendiera la situación, Masetti desgrana con detalle académico los distintos componentes del régimen pre revolucionario: las bandas de gángsters y tahúres que reinan La Habana, los titubeos clericales a la hora de pronunciarse sobre la lucha y los antecedentes de Castro, Guevara y el Movimiento 26 de julio.
Existen dos Masettis: el que viajó en busca de explicaciones que ayudaran a entender el proceso cubano y el que volvió haciendo propia la lucha contra la injusticia.

 Patricio Torres Díaz




viernes, 25 de octubre de 2013

Los que luchan son los que sueñan



Jorge José Ricardo Masetti Blanco consiguió su apodo de Comandante Segundo mientras escribía sus crónicas de la revolución cubana, Los que luchan y los que lloran. Trabajaba en Radio El Mundo cuando viajó a entrevistar a los rebeldes. Según explicita en la crónica, “quería conocer de cerca al Movimiento 26 de julio, a los que aspiraban a darle el golpe a Batista”, pero ¿qué estaba haciendo realmente ahí Masetti? Esta pregunta es la que le hace continuamente el pueblo cubano, y  se mantiene constante, como enigma policial, a lo largo de la crónica.
La situación se veía acandelada para cuando llegó a Santiago. De un lado, salsa, ron y traje blanco. Del otro: azucareros sin aleluyas, con barbas libertarias, con el delito de ser joven en esa Cuba batistiana y de haber soñado el sueño latinoamericano. Además no era fácil llegar de la Argentina sin revuelo, la ce-hache levantaba miradas. Iba a conocer nada menos a la gente por la que Batista hubiera pagado miles de dólares: Fidel Castro, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos y a decenas de revolucionarios. Como el carnet de periodista no le iba a servir para llegar al Contramaestre, tuvo que convencer al del consulado que quería bailar guaracha, que se iba a la Havana con v corta.  
El periodista cruzó la Sierra y aprendió a conducir mulas suicidas en barrancos arcillosos, a apretar un palo con la boca para no gemir de dolor si le disparaban. Para peor, faltaban armas, el pueblo cubano sólo tenía escopetas viejas, cartuchos de cartón reciclados rellenos de plomo, remaches y tornillos cortados y hacían granadas con latitas.
Cuba tenía un alto grado de desocupación, de pobreza y de inseguridad laboral. Un alto grado de quinielas y lotería, de casinos organizados por el gobierno, cuyas comisiones cobraba la policía. Los campesinos, los guajiros, eran analfabetos antes de la gesta guerrillera. No había hospitales; se comía galletas, pero no había pan. El pueblo realmente se empoderó con la marcha de la revolución. Los campesinos se unieron a los rebeldes para no perder las conquistas logradas.
Por todo este contexto es que Masetti afirma que se arrepentía de usar la birome y no la ametralladora, pero lo que no plantea es que, en realidad, estaba usando la lapicera como ametralladora. En plena guerrilla y clandestinidad, fue dos veces a la Sierra hasta que finalmente consiguió difundir de manera masiva las entrevistas que le hizo al Che y a Fidel a todo Cuba y polinizó la revolución como nadie había podido, en un contexto de un debilitamiento de las fuerzas guerrilleras. Luego del triunfo de la revolución, continuaría esta misión con la creación de Prensa Latina, la agencia de noticias local y contrahegemónica por antonomasia, donde escribieron grandes referentes de la literatura y el periodismo como Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Rogelio García Lupo y Rodolfo Walsh, entre muchos otros. Luego Masetti fundaría el Ejército Guerrillero del Pueblo, intentaría llevar la revolución a la Argentina y se internaría silenciosamente, para desaparecer el 21 de abril de 1964 en Orán, Salta, en lo más profundo de esa selva que, si uno presta atención en un mapa físico, empieza en la yunga tucumano-salteña argentina y termina con su verdor en la península de Yucatán mexicana.
Los que luchan y los que lloran trata sobre la belleza. Una belleza que no es estética, ni estetizada, porque su tono no es prestado, ni impuesto. A este periodista se le mete la experiencia por la piel y la palabra le queda empeñada para el resto de la partida. Masetti narra la experiencia revolucionaria con imágenes grandes y chiquitas de su mutación en revolucionario, del contagio del agite político. Un agite tranquilo y confiado, pero durísimo. Con la fortaleza de los que se afirman con la pluma o la metralleta, de los que saben y supieron cómo acoplar la marcha con los otros en el momento exacto, con la palabra justa.   


Libertad Fructuoso

miércoles, 23 de octubre de 2013

La vida de los muertos y la muerte de los vivos



Entre 1997 y 1999 en la localidad patagónica de Las Heras hubo doce suicidios. Ni el hospital, ni la municipalidad, ni el registro civil llevaron cuenta de esto. Leila Guerriero viajó hasta el sur para descubrir el porqué. Llegó y no vio la pintada que dice “Las Heras, pueblo fantasma”, ese aviso de que la primer muerte fue la del lugar a manos de la privatización de YPF. Desde el principio del libro la cronista dirá que llegó con un puñado de nombres de los que no sabía -y todavía no sabe- nada.

El suicidio de Sandra Mónica Banegas no fue el primero, pero si fue el que alertó a la población. Nadie en el pueblo quiso pensar que la desocupación, la falta de contención social, la falta de expectativas laborales y de estudio podían ser la causa. Los habitantes prefirieron decir que ella era “rara”. Las uñas de negro, la cara blanco tiza, la música de rock y un tiro en la garganta con una carabina 22  hicieron nacer una leyenda urbana: Mónica Banegas había dejado una lista con los próximos suicidios. La lista nunca apareció.

En Las Heras, el viento golpea puertas, clausura ventanas, trae polvo, pero la gente del lugar lo ignora, se acostumbró. Leila Guerriero se va refugiar del viento en las casas y escuchará allí las historias de los que no se suicidaron. Se encontrará varias veces con lo mismo: madres jóvenes, padrastros golpeadores, suicidados que mueren antes de empezar a vivir, la sensación de ser nadie y no tener salida. Es un día como cualquiera hasta que alguien se mata. Pero en Las Heras “un día como cualquiera” está cargado de angustias, desgano, borracheras, peleas y avisos de “me voy a matar”. Pero al igual que con el viento, es algo a lo que también se acostumbraron.
Algunos familiares de los suicidas se aferraron a la religión. Habrá frases como “El Señor a nosotros nos consuela”. Habrá  Testigos de Jehová que digan que pasado el Armagedon Dios va a devolver a todos los seres queridos que tenemos en la muerte. Para ese momento, Perla tiene la ropa y la cama de su hijo Juan listas. Otros armaron grupos de ayuda y algunos prefirieron el hermetismo, no volver a hablar de lo que los medios porteños nunca habían hablado. Dios e YPF tampoco hablaron de los suicidios.

Entre los vivos sin suicidados que solo padecen la muerte de Las Heras están:  Naty, que empezó a estudiar medicina, vivió en Beirut, Manhattan y México y ahora maneja un puterío; Jorge, propietario de la peluquería Glamour y marica orgullosa que reniega de los trolos tapados del lugar; El rulo, dueño de la radio local, que viajó a Buenos Aires a estudiar para DJ  y quedó en tan buena relación con Cattáneo que llamó Hernán  a su propio hijo; Martina, que a los 18 años fue voluntaria de la Línea 500, una ayuda telefónica al desesperado en general. Para ellos y para el resto de los que sobreviven al viento y el desempleo en 2001 llegaron tres representantes del Plan de jóvenes negociadores. Estos capacitaron a 50 docentes, que a su vez capacitaron a 300 alumnos, en técnicas para resolver conflictos sin violencia (sobre otros y sobre uno mismo). Silvia Dowdal, una de las coordinadoras pedagógicas del plan cuenta que los más jóvenes admitieron el miedo a suicidarse. Las causas: “no hay nada para hacer, no hay futuro, no hay esperanza”.


Leila Guerriero volvió a Buenos Aires y los suicidios siguieron. Los diarios del norte (porque todo lo que está por encima de Las Heras para ellos es “el norte”), recién se aprendieron este nombre en 2002 cuando un grupo de desocupados de Repsol-YPF amenazó con volar dos tanques de crudo. De los suicidios, nada. Del cementerio indio, la secta, la violencia, la angustia, el alcoholismo, la lista de Mónica Banegas, de todas esas posibles causas de las muertes recién nos vamos a enterar por este libro. ¿Cuál de todas es la correcta? la cronista no lo dice, ¿debería? No sé. No sé ni porqué se suicidaron, pero después de leer tampoco sé porqué los vivos siguen viviendo ahí, en Las Heras.   

Lucas Gutiérrez